Carlos Ares llegó a Santiago de Compostela con todo vendido y la certeza de que las salas, aunque cada vez más pequeñas para su momento artístico, siguen siendo el lugar donde su música cobra pleno sentido. La Sala Capitol, abarrotada por más de 800 personas, fue testigo de un concierto que confirmó lo evidente: el proyecto de Ares atraviesa un punto de madurez creativa y emocional difícil de igualar.
El concierto arrancó con "Días de perros" y "Aquí todavía", dos temas que funcionaron como carta de presentación perfecta para una noche que no daría tregua. Desde el primer minuto, el sonido fue sólido, envolvente, con una banda que entiende cada pausa, cada crescendo y cada silencio como parte del relato.
Uno de los primeros momentos memorables llegó con "La boca del lobo", precedida por una introducción tan hipnótica como visual, con Marcos Cao y Mikaela situados a los laterales del escenario haciendo sonar una ristra de cascabeles que atrapó a la sala en un clima casi ritual. A partir de ahí, el repertorio avanzó con naturalidad entre "Lenguas calvas", "Autóctono" y "Odisea", mostrando la amplitud sonora de su último trabajo.
"Un beso del sol" se convirtió en una de las grandes novedades del directo. El público, expectante, acompañó cada segundo del tema hasta el solo central, donde Lina de Sol asumió guitarra y voces en sustitución de Begut, aportando una sensibilidad distinta y muy celebrada. Fue uno de esos momentos en los que la sala entera parece contener la respiración.
La intensidad no decayó con "Con un solo dedo", "Ultimátum" o "Cigarra", antes de dar paso a "Amigo" y "Materia prestada", que cerró el primer bloque del concierto. Y fue justo en ese punto, cuando la música empezaba a pedir silencio, cuando ocurrió algo tan revelador como necesario: cientos de “shhhh” y gestos harpocráticos se extendieron por la sala, reclamando respeto. Un intento colectivo por proteger lo que estaba a punto de suceder frente a una realidad cada vez más frecuente: personas que pagan entradas a precio elevado para hablar, ligar o comentar su vida mientras otros intentan disfrutar de momentos únicos e irrepetibles.
Tras ese gesto casi espontáneo de complicidad entre público y escenario, la banda abandonó el escenario dejando solo a Carlos Ares, que regresó para interpretar "Terrícola" en absoluta intimidad.
Uno a uno, los músicos fueron volviendo al escenario para sentarse en unos bancos perfectamente alineados y ofrecer un tramo acústico tan delicado como emocionante. "Mineral", el tema que cierra "La boca del lobo" (2025) y que solo puede encontrarse en vinilo, sonó como una joya escondida compartida con la sala, antes de "Collar", que cerró este paréntesis de cercanía y calma absoluta.
Con los bancos retirados, el concierto recuperó su formato eléctrico para un tramo final cantado a pleno pulmón. Importante, "Velocidad" y "Rocíos" elevaron la energía de la Capitol hasta que, antes de "Peregrino", Carlos Ares se dirigió por primera vez al público. Visiblemente emocionado, agradeció la presencia de todos y presentó a una banda majestuosa, confesando cómo su música es el refugio que le permite vencer la timidez.
El cierre fue sencillamente perfecto. "Páramo", la canción que el propio Leiva confesó escuchar en bucle, puso el broche final a una noche épica. La banda disfrutaba sobre el escenario, el público respondía sin reservas y Carlos, en pleno éxtasis, abandonó el escenario para acercarse al foso, rodeado de familiares y amigos de la infancia, en una imagen que resumió el espíritu del concierto: cercanía, verdad y emoción.
Además de Carlos Ares, el directo contó con una banda de lujo formada por Marcos Cao (guitarras y voces), Lina de Sol, Sergio Delgado, Christian Delgado, Antonio Tamargo y Mikaela Vázquez, a quien recientemente pudimos ver acompañando a Guitarricadelafuente en su celebrado Tiny Desk.
El setlist fue el mismo que el artista presentó en sus tres sold outs consecutivos en La Riviera de Madrid, confirmando la solidez de un repertorio trabajado al detalle y pensado para crecer sobre el escenario. Lo vivido en la Capitol fue algo más que un concierto: fue la constatación de que Carlos Ares está preparado para escenarios mayores, aunque solo su amor por la cercanía y la comunión que se produce en las salas explique que siga eligiéndolas.


Y si el concierto fue una celebración colectiva, lo ocurrido tras bajar el telón terminó de confirmar la dimensión humana del proyecto. Carlos Ares y toda la banda se mostraron cercanos y accesibles, compartiendo tiempo con los asistentes, firmando vinilos y camisetas, haciéndose fotos y conversando sin prisas sobre lo vivido. Un gesto que no formaba parte de ningún extra ni de ninguna experiencia premium, sino que nació de manera natural, desde el agradecimiento sincero y el respeto por quien sostiene la música desde el otro lado del escenario.
Una noche para el recuerdo. Una sala entregada. Y un artista que, canción a canción, sigue encontrando su lugar incluso dentro de su propia boca del lobo.