El invierno también puede rugir. Y la segunda jornada del Invernia Fest, celebrada el sábado 7 de febrero en el Recinto Ferial de Pontevedra, fue la prueba definitiva. En medio del carrusel de borrascas que marcó el fin de semana, el festival apostó por convertir el frío en excusa para el rock. Y lo consiguió.
La jornada arrancó a las 13:30h con Liorta, encargados de abrir fuego en horario vermú. La banda local combinó versiones rock con temas propios, destacando sobre el escenario la figura del triatleta Javier Gómez Noya, cofundador del festival. Ya los habíamos visto en verano en el Surfing the Lérez, y las sensaciones volvieron a ser positivas: cercanía, buen repertorio y ese ambiente festivo ideal para empezar a calentar motores.
A las 16:00h el testigo pasó a Gansos Rosas, tributo madrileño a Guns N' Roses con más de una década defendiendo fielmente el legado de los californianos. Riffs reconocibles, actitud macarra y clásicos que nunca fallan para mantener el recinto en constante movimiento.
La tarde avanzó hasta las 19:00h con Agoraphobia, las de Boiro, formadas por Susana, Sabela, Paula y Lucía. Nacidas en el instituto hace veinte años y consolidadas desde 2013 como referencia del rock alternativo estatal —con letras en inglés y personalidad propia—, siempre ofrecen directos sólidos. Por culpa del clima y del cansancio acumulado de la jornada anterior llegamos con el concierto ya empezado, y se nos hizo especialmente corto. Más aún cuando renunciaron a más de diez minutos del tiempo disponible. Aun así, bastó para volver a constatar su inmensa calidad y el aplomo con el que pisan las tablas.
A las 21:00 llegó uno de los grandes reclamos de la noche: La Fuga. La marea humana que se concentró frente al escenario minutos antes de su salida confirmó que eran uno de los grandes nombres de la noche. No era solo expectación: era devoción. Los de Reinosa volvieron a demostrar por qué siguen siendo un pilar del rock urbano estatal, presentando Justo Después Del Silencio pero sin renunciar a ese repertorio que ya forma parte de la memoria colectiva.
Abrieron con “Cada vez duele menos”, casi como una declaración de intenciones, enlazando con “Jaleo” y “Trampas al sol” para marcar territorio desde el primer minuto. La conexión fue inmediata. Xavi, al frente como cantante y guitarrista, asumió el peso del show con naturalidad y personalidad propia. Tras el paso por la banda de figuras tan queridas como Rulo y Pedro, no tiene nada que envidiarles: su voz se mueve cómoda entre la rabia y la emoción, y su actitud sobre el escenario transmite honestidad sin artificios.
La formación la completan Nando a la guitarra, siempre preciso y con ese punto de electricidad que eleva cada estribillo; Sergio al bajo, sosteniendo el andamiaje con firmeza; y Edu a la batería, marcando el pulso con contundencia. Juntos forman una maquinaria bien engrasada que suena compacta y directa.
“A ratos” y “Horas infinitas” mantuvieron el tono intenso antes de que “Pedazo de morón” y “Flores de mentira” disparasen la euforia colectiva. Hubo espacio también para los temas más recientes, integrados con naturalidad en un repertorio que no entiende de compartimentos estancos. “En vela” y “Amor de contenedor” sonaron sólidas, sin perder fuerza frente a clásicos como “Majareta” o “Heroína”, que el público coreó como si el tiempo no hubiese pasado.
Uno de los momentos más celebrados llegó cuando Nando tomó protagonismo con un largo solo de guitarra que sirvió de antesala a “No solo respirar”, un instante de pausa eléctrica antes de otra explosión coral. A partir de ahí, la recta final fue un ejercicio de comunión absoluta: “Por verte sonreír” convirtió el recinto en un gigantesco karaoke rockero, “Baja por diversión” y “Buscando en la basura” mantuvieron la intensidad arriba y “P’aquí, p’allá” cerró el set con esa mezcla de energía y cercanía que define a la banda.
Cuando el último acorde se desvaneció, lejos de dispersarse, el público se arremolinó en las primeras filas. Brazos en alto, miradas cómplices y una última batalla simbólica por ese codiciado tesoro en forma de púa o baqueta lanzada desde el escenario. Pequeños trofeos de guerra que certificaban lo vivido: una descarga de rock sin concesiones y una banda que, décadas después, sigue sabiendo exactamente cómo ganar la noche.
Si lo de La Fuga fue comunión, lo de Obús fue liturgia eléctrica. Cuarenta y seis años de historia no se sostienen solo con nostalgia, y lo que ofrecieron en Pontevedra fue un concierto con mayúsculas, sin concesiones y sin sensación de piloto automático.
No era la formación original al completo —aquella que dejó para la historia el mítico concierto de Vistalegre—, pero sobre el escenario estaban dos pilares fundacionales: Fortu Sánchez a las voces y Paco Laguna a la guitarra. Y aunque el paso del tiempo es inevitable, la energía que desplegaron convirtió cualquier duda en irrelevante. A su lado, Luisma Hernández al bajo y Carlos Mirat a la batería no son meros acompañantes: por intensidad, presencia y años de carretera, ya juegan en la categoría de clásicos de la banda.
El repertorio fue un desfile de artillería pesada. “Pesadilla Nuclear” sonó como una declaración de intenciones —tan vigente como cuando nació—, “Que te jodan” desató la versión más gamberra del público y “Dinero, dinero” volvió a demostrar que hay estribillos que no caducan. “Prepárate”, “Va a estallar el Obús” o “Autopista” mantuvieron el nivel de decibelios y puños en alto en una actuación que no dio respiro. El único pero fue el tiempo: se alargaron más de la cuenta y no pudieron completar “Vamos muy bien”. Apenas los primeros acordes de guitarra sirvieron como espejismo del himno que debía cerrar la noche, dejando esa sensación agridulce de final interrumpido.
Fortu fue, simplemente, Fortu. Provocador, frenético, excesivo y magnético. En “Que te jodan” desplegó su colección de gestos obscenos con la naturalidad de quien lleva medio siglo escandalizando con una sonrisa; en “Te visitará la muerte” se santiguó con teatralidad; cada trago de agua acababa convertido en fuente improvisada sobre el escenario. Su repertorio gestual, ampliado y perfeccionado durante décadas, es casi tan marca de la casa como las propias canciones.
Lo de Paco Laguna merece capítulo aparte: su forma de tocar, precisa y vertiginosa, hace pensar que tiene más extremidades que un pulpo. Luisma convirtió el escenario en una pasarela de poses, fuerza y actitud, regalando a los fotógrafos una colección inagotable de instantáneas, mientras Carlos Mirat honró la memoria del mítico Fernando Sánchez con un doble bombo demoledor y añadió su sello personal con un solo ejecutado sobre una “escalera de metal” que elevó aún más la épica del momento.
Hubo también espacio para la nostalgia compartida. Cuando Fortu nombró con cariño a Yosi, el legendario frontman de Los Suaves, el público respondió coreando su nombre con la ilusión de una colaboración inesperada. El propio cantante zanjó el sueño con humor, aludiendo al mal estado de la carretera: “esta vez no pudo ser”. La fantasía quedó en eso, pero el guiño encendió la complicidad de un recinto entregado.
Obús no defraudó a nadie. Fue un bolazo de los que reafirman por qué ciertas bandas sobreviven a modas, cambios de formación y al propio calendario. Puede que el cierre quedara incompleto, pero la descarga fue plena. Leyendas vivas que, lejos de vivir del recuerdo, siguen demostrando que el heavy no entiende de edades cuando se toca con esa convicción.
Lo de Afónica Naranjo fue, probablemente, una de las grandes injusticias de la jornada. La climatología adversa, el arranque del festival a las 13:00 y el hecho de salir después de dos tótems como La Fuga y Obús provocaron una estampida prematura. Muchos decidieron dar por cerrada la noche… y se perdieron una auténtica fiesta. Porque si algo quedó claro es que los madrileños merecían bastante más público del que tuvieron delante, sobre todo teniendo en cuenta que no suelen prodigarse por tierras gallegas.
Para quien aún no los tenga en el radar, su propuesta recuerda inevitablemente al espíritu festivo de Me Fritos and the Gimme Cheetos: convertir la verbena popular en un estallido colectivo de “punkchangueo”. Como los asturianos, sí, pero en su caso añadiendo capas de hardcore y rock que los acercan a lo que bien podría definirse como una “hardorquesta” de altísima calidad. Una fórmula pensada, casi diseñada, para cerrar festivales con una sonrisa sudada y los pies doloridos de tanto saltar.
Y eso fue exactamente lo que vivieron quienes decidieron quedarse. Desde los primeros acordes quedó claro que no iban a ofrecer un epílogo tibio. “Laura no está” y “Que la detengan” se transformaron en himnos acelerados y deslenguados; “Tú me dejaste de querer” mutó en pogo elegante; “Freed from Desire” brilló con una guitarra eléctrica absolutamente sublime. Hubo tiempo para admitir, entre risas, que éramos hijos de Chayanne con una festiva “Salomé”, para posicionarse entre Leire o Amaia en “Donostian Idiot” —guiño generacional que el público entendió al instante— y para reversionar a otras bandas con ese ingenio marca de la casa en “Amaral en tiempos revueltos” o “Estopa tutupá”.
Mientras tanto, volaban chapas de recuerdo desde el escenario como si fueran confeti metálico y las congas serpenteaban entre el público, cruzándose de lado a lado del recinto en un desfile espontáneo que rompía cualquier barrera entre banda y asistentes. Fue una celebración compartida, casi clandestina, de las que solo disfrutan quienes se quedan hasta el final.
Sobre las tablas, la formación mostró una compenetración total: Emilio a la guitarra y coros, ÁnHell a la batería, Muñi al bajo y la voz llevando el peso del show con carisma desbordante, y Antonio a la guitarra y coros completando un bloque compacto y festivo. Energía, humor, calidad musical y esa sensación de que todo puede pasar en cualquier momento.
Quizá no fue el concierto más multitudinario de la noche, pero sí uno de los más libres y divertidos. Y quienes resistieron hasta el último acorde se llevaron el mejor secreto del Invernia Fest: la fiesta no siempre está donde más gente hay, sino donde más ganas hay de celebrarla.
En el balance final, solo cabe desear que el Invernia Fest haya llegado para quedarse. Organización impecable, recinto idóneo y facilidades de acceso y aparcamiento que suman puntos. Como mejora, un cambio más ágil entre escenarios y menor tiempo de espera entre conciertos, aunque esas pausas siempre estuvieron amenizadas por DJs que evitaron que el rock dejara de sonar ni un segundo.
En pleno invierno pontevedrés, entre borrascas y viento, el Invernia demostró que la música en directo no entiende de estaciones. Y que el frío, cuando hay guitarras enchufadas, simplemente no existe.














