El arranque tuvo un carácter abierto, casi iniciático, pero también cargado de significado. Agoraphobia, la única banda gallega del cartel, asumió ese primer golpe con la naturalidad de quien juega en casa, pero sin caer en ningún gesto complaciente. Originarias de Boiro, llevan años construyendo un discurso propio dentro del rock alternativo estatal, y su paso por el festival confirmó ese crecimiento sostenido. Sobre el escenario presentaron "Kamikaze", un trabajo que marca un punto de madurez en su sonido, más directo y afilado, pero sin perder ese poso melódico que las distingue.


La producción del disco, a cargo de Iago Lorenzo —también guitarrista y pieza clave en la definición sonora del grupo—, se percibe en cada detalle del directo: hay una coherencia interna, una sensación de bloque compacto que no deja cabos sueltos. En el centro, Susana sostiene el foco con un magnetismo casi hipnótico, capaz de captar miradas sin necesidad de exagerar, dominando los silencios y las subidas con una naturalidad que engancha desde el primer momento. A su lado, Sabela construye desde la guitarra una textura firme y afilada, aportando tanto músculo como matices; Lucía , al bajo, da profundidad y cuerpo a cada tema; y Paula, a la batería, marca el pulso con precisión y contundencia. El conjunto se completa con el propio Iago, reforzando esa sensación de banda compacta, pensada desde dentro y ejecutada con una seguridad poco habitual en un arranque de festival.

Ese primer pulso encontró su contraste perfecto con Talco. Antes incluso de que sonara la primera nota, un espectacular mural cubriendo todo el fondo del escenario recordaba a los asistentes que estaban celebrando su 20 aniversario, un detalle visual que ya colocaba el concierto en un contexto especial. Lo que vino después fue una demostración clara de su identidad sonora, esa mezcla que ellos mismos han definido durante años como patchanka —o “putchanka”, como suele castellanizarse—, una fórmula que bebe del punk, el ska, la música balcánica y la canción popular italiana para construir algo reconocible desde el primer compás. No es solo un estilo: es una forma de entender el directo como celebración, como agitación y como discurso político al mismo tiempo.
Arrancaron con "L'odore della morte" y, a partir de ahí, desplegaron un repertorio largo, generoso —22 canciones en total— que funcionó como un recorrido por su trayectoria. Más allá del número, hubo temas que marcaron claramente el pulso del concierto: "La mano de Dios", "Bella Ciao", "Testamento di un buffone", "Tortuga y, sobre todo", "Danza dell'autunno rosa", que volvió a erigirse como el gran momento colectivo, la más coreada, la más bailada, la que convirtió la pista en un espacio de celebración compartida. El cierre con "La torre" puso el broche a un directo sin apenas respiro.


Pero si algo definió su actuación fue el contexto en el que se produjo. Ver a Talco en ese tramo del día, con el público aún fresco, cuando el alcohol todavía no condiciona del todo la experiencia, es casi un privilegio. La energía sigue siendo explosiva, pero la percepción es distinta: hay más control, más conciencia de lo que ocurre, más disfrute real. Eso se trasladó directamente a la pista, donde especialmente los más jóvenes encontraron el entorno perfecto para dar el paso hacia sus primeros pogos. Sin la intimidación de la noche, sin la dureza que pueden adquirir esos mismos espacios a altas horas, lo que se vivió fue una especie de iniciación amable, donde el empujón se entendía más como juego que como choque. Talco no solo activó al público; lo integró, lo hizo parte de esa celebración colectiva que define su propuesta.
Más allá del escenario, el festival nunca dejó de latir. La música de DJs, perfectamente alineada con el espíritu de la cita, mantenía el ambiente en movimiento constante entre concierto y concierto. A un lado de la alfombra roja, una exposición de motocicletas captaba miradas sin descanso, con las Harley-Davidson como claras protagonistas, imponiendo su estética clásica y su peso simbólico dentro de una cultura que siempre ha dialogado con el rock. Los food trucks funcionaban como pequeños refugios donde recuperar fuerzas sin perderse demasiado, y un mercadillo de dimensiones contenidas ofrecía ese punto de distracción necesario para alargar la experiencia más allá de lo musical.


Y casi sin darse cuenta, entre paseo y paseo, entre cerveza y conversación, el reloj empezó a marcar las 18:30. La tarde ya estaba completamente asentada cuando Ciclonautas aparecieron sobre el escenario. Formados en Pamplona pero con raíces que cruzan el Atlántico, el proyecto nace del impulso de Mariano “Mai” Medina, acompañado por Alén Ayerdi y Javier “Txo” Pintor, dando forma a una banda que bebe del rock argentino más visceral, del stoner y de una crudeza muy poco domesticada dentro del panorama estatal. Su propuesta nunca ha buscado lo inmediato, sino lo profundo: riffs densos, atmósferas envolventes y letras que se mueven entre lo introspectivo y lo descarnado.


Su paso por el ExpoRock confirmó algo que ya es casi un consenso: lo suyo es el directo. Sonido perfecto, sin fisuras, con cada instrumento ocupando su espacio sin invadir el del otro, y una ejecución que no necesita artificios para sostenerse. A esas alturas de la tarde, el recinto ya rozaba el lleno, y se notaba en la respuesta del público, mucho más compacto, más implicado, más atento a cada matiz.
El setlist fue un viaje sólido por su repertorio, sin concesiones pero también sin olvidos. Sonaron "En mi espacio sideral", "El sol", "Eterno aprendiz", "Mi estupidez" y esa maravilla llamada "Bienvenidos los muertos", que terminó de sellar una conexión que ya venía construyéndose desde el primer tema. No hubo picos artificiales porque todo el concierto funcionó como una línea ascendente, sostenida, envolvente. Ciclonautas no necesitó conquistar al público: cuando terminaron, ya era suyo.
Y entonces llegó El Drogas. Da igual dónde toque —en sala cerrada, en recinto abierto, con acústica agradecida o con eco traicionero—, siempre suena perfecto. Hay algo en su manera de entender el directo que trasciende lo técnico: es actitud, es oficio, es verdad. Enrique Villarreal lleva décadas construyendo un lenguaje propio dentro del rock estatal, primero al frente de Barricada y después dando forma a un proyecto donde conviven memoria, reivindicación y presente sin nostalgia impostada.
Sobre el escenario se rodea de una banda que no está ahí para acompañar, sino para sostener y empujar el discurso: guitarras sólidas, una base rítmica firme y una compenetración que permite que todo fluya sin necesidad de artificios. El sonido fue, sencillamente, impecable. Claro, potente, equilibrado. Cada palabra llegaba, cada golpe se sentía.
A esas alturas, el recinto estaba completamente lleno y las primeras filas ya se movían en ese terreno donde el concierto deja de ser solo música para convertirse en fenómeno fan. Manos en alto, coros constantes, miradas fijas en el escenario. Y él, cómodo en ese lugar, manejando los tiempos con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos.
El repertorio fue un recorrido generoso y sin concesiones por su universo musical, con un peso evidente de Barricada pero también espacio para otras etapas. Sonaron "En la silla eléctrica", "Problemas", "Campo amargo", "Objetivo a rendir", "Mientras Arde Tu País (Europa Callada)", "Tentando a la suerte", "Esta es una noche de Rock & Roll", "Por salir corriendo", "Empujo pa'kí", "Lentejuelas", "La hora del carnaval", "Frío, Víctima, Animal", "Todos mirando", "Okupación","Azulejo frío", "Oveja negra", "No hay tregua" y "En blanco y negro". Un setlist largo, sólido, sin fisuras, que funcionó como un puente entre generaciones y etapas, manteniendo siempre esa sensación de coherencia interna.
No hubo altibajos porque no los necesita. Lo suyo es una línea constante, firme, que avanza sin titubeos. Cuando terminó, no quedaba la sensación de haber visto a una leyenda revisando su pasado, sino la de haber asistido a un presente plenamente vigente.
Y con el listón ya altísimo apareció M-Clan. Su presencia tenía algo de regreso esperado: más de tres años de parón que no pesaron, sino que parecieron condensar aún más su propuesta. Porque si algo demostraron sobre el escenario es precisamente por qué siguen siendo cabezas de cartel en cualquier festival al que se presentan.
Su estilo, siempre a medio camino entre el rock clásico, el soul y el blues, encontró en directo ese equilibrio perfecto entre elegancia y pegada. Pero más allá del repertorio, hubo un factor diferencial evidente: sobre el escenario no eran cuatro ni cinco, eran nueve músicos funcionando como una maquinaria perfectamente engrasada. Carlos Tarque al frente, sosteniendo la voz con esa mezcla de garra y matiz que define a la banda; Ricardo Ruiz Pérez y Mara Rubio en las guitarras, construyendo un muro sólido pero flexible; Chapo González al bajo y Sergy a la batería marcando una base rítmica firme; Lucas Albaladejo aportando profundidad desde los teclados; y una sección de vientos que elevó el directo a otro nivel, con Marcos Crespo al trombón, Ernesto Millán Sánchez al saxo e Iván del Castillo a la trompeta.
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Esa riqueza instrumental se tradujo en un sonido lleno, amplio, con matices constantes, capaz de pasar de la contención a la explosión sin perder nunca el control. El concierto fue creciendo poco a poco, sin necesidad de golpes de efecto. Desde "Calle sin luz" y "Para no ver el final", pasando por "Llamando a la tierra" o "Basta de blues", el repertorio fue desplegándose con naturalidad, dejando espacio también para momentos más introspectivos como "Roto por dentro" o "Miedo". "Chilaba y cachimba", "Las calles están ardiendo" o "Pasos de equilibrista" mantuvieron ese equilibrio entre intensidad y control, mientras que la revisión de "Maggie despierta" aportó un guiño que encajó con total naturalidad dentro del conjunto.
Pero si hubo un punto de inflexión claro fue "Quédate a dormir", uno de esos temas que transforman el concierto en algo colectivo, donde ya no hay escenario y público, sino un único bloque cantando al unísono. El cierre, ya en formato encore, fue directamente a lo esencial: "Carolina" y "Concierto salvaje". Dos himnos que no necesitan presentación y que terminaron de confirmar lo evidente: M-Clan no solo había vuelto, sino que lo había hecho reafirmando su lugar.
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La madrugada terminó de endurecerse con Soziedad Alkoholika, absolutamente fieles a su estilo, sin concesiones ni medias tintas. Lo suyo no es solo un concierto, es una embestida. Desde el primer segundo, el escenario se convirtió en un espacio dominado por el fuego y una iluminación roja constante, casi opresiva, que lo inundaba todo. Un planteamiento visual que encaja perfectamente con su propuesta, aunque suponga una auténtica pesadilla para los reporteros gráficos, obligados a pelear contra sombras duras y contrastes imposibles. Pero precisamente ahí está parte de la gracia: lo que dificulta la captura congela, al mismo tiempo, una identidad muy definida.
El arranque, con "Ace of Spades" a modo de intro, ya marcó el tono de lo que vendría después: intensidad sin descanso. A partir de ahí, el setlist fue un recorrido sólido por su repertorio, manteniendo siempre esa tensión constante que caracteriza a la banda. Sonaron "Alienado", "Falsos dioses", "Polvo en los ojos", "Control de masas" o "Política del miedo", en una primera parte donde el ritmo no dio tregua.
El concierto avanzó sin perder ni un ápice de agresividad, con temas como "Colapso final", "Palomas y buitres", "La aventura del saber" o "Cienzia asesina", que mantuvieron la pista en ebullición constante. El público, ya completamente entregado, convirtió cada tema en un ejercicio colectivo de descarga, con pogos mucho más duros y compactos que los vistos horas antes, evidenciando también ese cambio natural que trae la noche.
En la recta final, "Ratas", "S.H.A.K.T.A.L.E.", "Peces mutantes" o "No kiero participar" siguieron empujando sin bajar revoluciones, hasta desembocar en un cierre igual de contundente con "Cuando nada vale nada", "Pauso bat", "Motxalo", "Nos vimos en Berlín" y "Urami Bushi", rematada con ese guiño final de Black Mamba.
Fue, probablemente, el tramo más físico de toda la jornada. Donde todo se volvió más denso, más crudo, más visceral. Si el festival había ido creciendo en intensidad a lo largo del día, Soziedad Alkoholika fueron el punto en el que esa curva alcanzó su pico más alto, sin mirar atrás.
Tocaba esperar hasta las 02:00 de la madrugada para bajar el telón por todo lo alto con unas leyendas como Obús. Una apuesta segura, de esas que nunca fallan. Nosotros, que los habíamos visto recientemente en el Invernia Fest, sabíamos perfectamente lo que ofrecían: entrega, clásicos y un cierre a la altura. Pero también tocaba tomar una decisión poco romántica y bastante más práctica: priorizar una vuelta por carretera más tranquila, sin prisas y, sobre todo, sin la compañía de Morfeo al volante.
Así que con la sensación de haber vivido una jornada redonda, tocó salir de EXPOCoruña antes del último acorde. Y quizá eso también dice mucho del propio festival: no hizo falta apurar hasta el final para tener claro que lo que se había construido allí funcionaba.
Porque si algo dejó esta primera edición del ExpoRock fue precisamente eso: una identidad muy definida. El lugar escogido, ideal; la decoración, impecable; la organización, precisa, sin fisuras; y un cartel que no escondía nada, que no disfrazaba su propuesta. Mientras otros eventos parecen diluir poco a poco la palabra rock en busca de públicos más amplios, ExpoRock hizo justo lo contrario: la colocó en el centro y construyó todo a su alrededor.
Y la respuesta fue clara. Lleno, ambiente constante, implicación real del público durante toda la jornada. La fórmula, en el fondo, parece sencilla —aunque no lo sea en absoluto—: creer en lo que haces y ejecutarlo con una profesionalidad incuestionable. Aquí se cumplieron ambas cosas.
El público no falló. Y si el camino sigue siendo este, todo apunta a que tampoco fallará en los próximos años.