Jaleo! 2026 reafirma su fórmula con un Fontes do Sar lleno y sin fisuras

Hay festivales que nacen con vocación de continuidad y otros que, sin hacer demasiado ruido, simplemente encajan. El Festival Jaleo! 2026 pertenece claramente al segundo grupo. Su regreso al Pabellón Multiusos do Fontes do Sar confirmó que lo del año pasado no fue casualidad: entradas agotadas, horarios precisos y una sensación constante de estar dentro de algo que funciona.



Desde el inicio, el ambiente ya tenía ese punto de anticipación que luego se convierte en recuerdo. Pero antes incluso del primer concierto, ya había alguien marcando el ritmo. Señora DJ fue la encargada de sostener el pulso de toda la jornada, hilando cada cambio de escenario con sesiones enérgicas y una selección tan medida como efectiva. No hubo silencios incómodos ni tiempos muertos: entre banda y banda, la música seguía fluyendo y el público, lejos de desconectar, se mantenía dentro.



A las 17:15 horas, el festival arrancó oficialmente con De Ninghures, encargados de abrir fuego y de poner sobre la mesa el tono de la jornada. El grupo presentó su último álbum, "Feira" (2025), con una declaración de intenciones clara desde el inicio: «Hoxe queremos que sexa a mellor feira das que levamos feitas». Y, a juzgar por la respuesta del público, la invitación fue aceptada desde el primer minuto.



El repertorio pasó por temas como "Poço", "A burriña", "Descolorido", "O último baile" y ese ya imprescindible "Morena", que terminó de consolidar un arranque muy enérgico, muy de casa, muy de celebración compartida. En varios momentos contaron además con la presencia del productor Juan de Dios, sumando matices a un directo que confirmó por qué llegan respaldados por el Premio Martín Códax da Música 2025 en la categoría folk.



A las 18:55, con el pabellón ya lanzado, fue el turno de Sidonie. Marc Ros (voz y guitarra), Jesús Senra (bajo y voces) y Axel Pi (batería y percusión) salieron a escena con una idea clara: reivindicar el directo. «Nuestra música es totalmente en directo, sin nada pregrabado», dejaron caer, marcando territorio desde el inicio.

Llegaban además con nuevo material bajo el brazo, su disco en catalán "Catalan Graffiti", del que sonaron "" y "Baby, baby", bien encajadas en un repertorio que funcionó como repaso a la trayectoria que los ha convertido en referencia del indie pop/rock psicodélico estatal.



El arranque con "El incendio" puso al público en marcha desde el primer segundo, pero uno de los momentos más celebrados llegó con "No sé dibujar un perro", cuando el Fontes do Sar se convirtió en un coro perfectamente guiado por los carteles gigantes que Albert, su backliner, fue mostrando desde un lateral del escenario.

A partir de ahí, el concierto fue claramente hacia arriba: "Maravilloso", "Me gustas todo el rato" o "Carreteras infinitas" fueron cayendo mientras el ambiente se volvía cada vez más festivo. En "Un día de mierda", Marc terminó liderando una conga improvisada entre el público, con gente subida al caballito atravesando la pista en una de esas imágenes que definen una noche.


También hubo espacio para ese guiño directo al público con "Estáis aquí", convertida casi en declaración compartida más que en canción. Y cuando parecía que ya lo habían dado todo, aún quedaba un último momento inesperado: durante "No salgo más", con la que cerraron el concierto, Jordi Bastida —guitarrista acompañante en la gira— protagonizó una de las escenas más comentadas al quedarse sin camisa en pleno escenario, añadiendo un punto aún más desinhibido a un final que ya era pura celebración.



Si había alguna duda de por dónde iba a ir la noche, se disipó a las 20:45, cuando llegó el turno de Ojete Calor. Con sus estilismos imposibles y su ya innegociable “subnopop”, el dúo formado por Carlos Areces y Aníbal Gómez convirtió el Pabellón Multiusos do Fontes do Sar en otra cosa completamente distinta.

Provocativos, absurdos y perfectamente conscientes de su papel, lo suyo fue dinamitar cualquier lógica desde el primer minuto. Entre canción y canción, fueron dejando caer comentarios que terminaron de meter al público en su juego: que si habían llegado en narcolancha, que si Santiago era feo y Vigo tenía mejor catedral… un humor incómodo por momentos, pero que en ese contexto funcionaba como combustible para un público ya completamente entregado.



Uno de los puntos álgidos llegó con su “Forever Medley”, cerca de diez minutos de homenaje pasado por su filtro a artistas que “nos dejaron”: Chiquetete, Concha Velasco, María Jiménez, Camilo Sesto, Vicente Fernández… y, en un giro final, Quevedo. Todo ello acompañado de una disculpa imposible por no haber podido incluir a Leire de La Oreja de Van Gogh, cerrando el bloque entre risas y desconcierto.

Pero más allá del show, hubo repertorio. Y mucho. Con coreografías milimetradas —más bailadas que cantadas— y un gigantesco videowall reforzando cada momento y en el que hasta hubo homenaje a los videojuegos que alegraron nuestra infancia, fueron cayendo "Morreo", "Opino de que", "Sinceridad no pedida" (con Aníbal a la guitarra eléctrica), "Agapimú" (con la icónica imagen de Ana Belén proyectada), "Mocatriz", "Viejoven" o "Vete a tu casa", esta última acompañada de ráfagas de humo disparadas por nuestros protagonistas hacia las primeras filas.



Hubo incluso tiempo para el clásico falso final, cambio de estilismo mediante, antes de rematar con "Tonta gilipó", en un cierre que terminó de desatar al público. Aunque el verdadero broche llegó después, cuando bajaron al foso para repartir fotografías caseras, no sin antes “personalizarlas” con un toque de ADN de procedencia más que dudosa.

Un concierto que no buscó el término medio en ningún momento y que, precisamente por eso, se convirtió en uno de los puntos más desinhibidos y celebrados de la jornada.



El giro de tono llegó a las 22:50, con la salida a escena de Xoel López, en la que fue la segunda —y última— representación gallega de la jornada. Lo hizo en formato cuarteto y con nueva formación para el directo, apostando por una propuesta sobria, sin artificios ni escenografía excesiva, pero sostenida desde lo musical.

Llegaba además en un momento especial, apenas una semana antes de la publicación de "Oniria Popular", su próximo trabajo de estudio (previsto para el 17 de abril), del que adelantó tres temas: "Campos de Castilla para siempre", "Sombras chinas" y "Cupido (muerte al amor romántico)". Canciones que encajaron con naturalidad en un set que volvió a demostrar la solidez de su directo.



La actuación, brillante y medida, tuvo también su cara menos amable para los medios gráficos, con una iluminación tan cuidada como exigente que complicó capturar el momento desde pista. Pero sobre el escenario, todo funcionaba.

Hubo espacio para revisar distintas etapas de su trayectoria con temas como "Faneca brava", "Lodo" o "Fort da" —que el propio Xoel señaló como su favorita de "Caldo espírito"—, además de recuperar "Hombre de ninguna parte", una canción que reconoció llevar tiempo sin interpretar en directo. Tampoco faltaron "Todo lo que merezcas", "Mágica y eterna" o "Tigre de Bengala", elegida para cerrar un concierto que apostó más por la conexión que por el impacto.

Un directo que no necesitó levantar la voz para sostener al público y que funcionó como ese equilibrio necesario dentro de una jornada marcada por la intensidad.



Y cuando la noche parecía haberlo dado todo, aún quedaba una última historia que contar. A las 00:50, Ultraligera se subían al escenario en lo que era apenas la segunda fecha de su gira 2026. Pero no era una parada más.

Llegaban a Santiago a pie, haciendo el Camino desde Benicàssim, punto de inicio de la gira. Una forma de devolver el cariño a una tierra que los ha acompañado desde el principio, desde aquella primera descarga en La Fábrica de Chocolate Club el 8 de febrero del pasado año, donde ya estuvimos presentes y de la que dimos cuenta, en una noche que dejó entrever lo que estaba por venir. Después vendrían paradas en Boimorto, Ourense o A Coruña, reforzando poco a poco ese vínculo con el público gallego.

El escenario, ya desde el inicio, dejaba claro que había algo más detrás. Durante todo el show, una inquietante figura —el rostro de una muñeca tradicional japonesa— presidía el fondo, representando "Lapsus", su próximo álbum. Un universo estético que apunta a lo onírico, a ese terreno difuso entre sueños y pesadillas, y que, entre luces y humo, generó imágenes poderosas que ampliaban la dimensión del concierto.



Pero si algo sostiene a Ultraligera es el directo. Energía constante, actitud y esa forma de moverse sobre el escenario que remite a códigos clásicos del rock, pero con un lenguaje propio. Una banda que no solo toca, sino que habita el escenario con naturalidad.

El arranque con "Me miras mal" marcó el tono de un setlist que no dio tregua: "Si tú supieras", "Mala manía", "El pueblo", "Silla de mimbre" o "Pelo de foca" —en esta gira sin las ya icónicas caretas— fueron cayendo ante un público que respondió desde el primer momento.

Uno de los instantes más significativos llegó con "Cuando todo vaya mal", adelanto del nuevo disco, presentado con una petición explícita de silencio y respeto. Un gesto que, más allá de lo necesario o no, evidenció el deseo de la banda de cuidar también los momentos más delicados dentro de un directo tan intenso.



La recta final mantuvo el nivel con "Europa", "Recuerdos del baile", "La basura", "Tú no lo ves", "Lapsus" y "Matanza en el hotel", cerrando un concierto que no solo funcionó como broche de la jornada, sino también como confirmación de una trayectoria que sigue creciendo sin perder el pulso y que da vértigo solo pensar la cima que puede alcanzar.

Si algo dejó claro el Festival Jaleo! 2026 es que no necesita crecer en tamaño para hacerse grande. Le basta con cuidar los detalles, acertar en el cartel y, sobre todo, entender el pulso de un público que respondió desde el primer momento y no se soltó en toda la jornada.

Del arraigo de De Ninghures, pasando por la comunión de Sidonie, el desenfreno de Ojete Calor, la pausa emocional de Xoel López y el golpe final de Ultraligera, todo encajó dentro de una narrativa que fue de menos a más sin fisuras.

Sin grandes artificios, pero con las ideas muy claras, Jaleo! volvió a convertir el Pabellón Multiusos do Fontes do Sar en algo más que un recinto: en un espacio compartido donde la música no se detuvo en ningún momento, tampoco entre conciertos, y donde cada propuesta encontró su sitio sin pisar a la anterior.

Al final, más allá de canciones, luces o cifras, lo que quedó fue una sensación difícil de fabricar: la de haber formado parte de algo que fluye, que conecta y que, sin hacer demasiado ruido, ya empieza a dejar huella.

Os dejamos con la galería de fotos del festival: