Hay salas que no solo programan conciertos: construyen recuerdos. La Sala Garufa Club es una de ellas. Ubicada en pleno corazón de A Coruña, este espacio se ha consolidado como uno de los templos de la música en directo en la ciudad, combinando una programación ecléctica con un ambiente cercano que borra la distancia entre artista y público. Con su estética cálida, su cuidada acústica y esa sensación de “aquí puede pasar algo especial”, no sorprende que el cartel de La Sonrisa de Julia completase el aforo . Y lo que ocurrió allí el viernes 27 de marzo de 2026 confirmó todas las expectativas.
Ocho años después de "Maratón", la banda regresaba con "Enemigo", su séptimo trabajo de estudio, y lo hacía con una gira que no solo celebra el presente, sino que repasa con honestidad emocional todas las etapas de su carrera. Tras una breve intro, el arranque con “Enemigo” marcó desde el primer segundo el tono de la noche: intensidad, mensaje y una banda perfectamente engrasada.
“No hay quien pare” mantuvo la energía en lo alto, convirtiendo la sala en un pequeño hervidero que, por momentos, parecía escapar del ritmo frenético del mundo exterior para abrazar justo lo que la canción propone: parar, respirar, sentir. Sin bajar revoluciones, “El hombre que olvidó su nombre” conectó con ese pasado que sigue latiendo en su repertorio, mientras “Merece la pena” y “Solo nos queda bailar” trajeron el espíritu de "Maratón", recordando que caer también forma parte del camino.
Uno de los primeros grandes picos emocionales llegó con “Cuando pienso en ti”, una de las dos piezas de amor de "Enemigo", donde la voz de Marcos Cao, admitiendo el paso del tiempo, se apoyó en un público entregado que coreó cada verso . Pero si hubo un momento que definió el alma del concierto fue “A Tiempo”. Con una primera mitad íntima, sostenida por la guitarra clásica y la vulnerabilidad del propio Marcos, y un acompañamiento magistral de la banda en la segunda parte del tema, la canción se convirtió en uno de esos instantes que justifican por sí solos toda una gira y el germen inicial para un disco perfecto. Un tema llamado a quedarse y que desde ya destacamos “como uno de los temas del año”, invitándonos a ser vulnerables con nuestros sentimientos y admitir que el miedo a perder a nuestras parejas puede conseguir que las perdamos realmente.
“La tregua” devolvió el pulso bailable con ese juego de tensiones emocionales que tan bien maneja la banda, mientras el público acompañaba el estribillo marcado por la eléctrica con un “la, la, la” que terminó envolviendo la sala en una especie de vals eléctrico. A partir de ahí, el repertorio se abrió como un abanico: “Maratón”, “Libres”, “Tormentas”... una sucesión de canciones que evidencian la solidez de una discografía que ha sabido crecer sin perder identidad.
El bloque más rockero tuvo su punto álgido en “Miedo al ratón”, donde Marcos sacó a relucir su vena más reflexiva, la del profesor de filosofía, evocando incluso a Friedrich Nietzsche para hablar del miedo como fuerza que somete. Un giro que encajó de forma natural en un concierto que no rehuyó profundidad en ningún momento.
El tramo central también dejó espacio para el lucimiento más melódico. Con nuestro frontman abandonando la guitarra para situarse tras un órgano rojo en “Luces de Neón” y “Llevo tu voz”, la banda exploró un sonido más envolvente, demostrando versatilidad y elegancia. “Para siempre”, publicada en 2024 por su 20 aniversario, fue otro de los momentos más emotivos antes de encarar la recta final.
“Loco” y “Me gustas tú” sirvieron como cierre en falso, con un Marcos completamente volcado en el público, repartiendo corazones en sus gestos y agradeciendo señalando casi de forma individual, la presencia de cada asistente en una sala que respondía con la misma entrega.
El bis, tras una breve pausa, arrancó en formato íntimo con “El bufón” y “Náufrago”, dejando a Marcos a solas con su guitarra, en un ejercicio de cercanía absoluta. La banda regresó para “Puedo” y culminó evocando al gran Federico García Lorca con “Arroyo claro”, un final a lo grande, de esos imposibles de no corear, con ecos que podrían recordar perfectamente al universo de Xoel López.
Más allá del repertorio, la noche tuvo un componente humano especialmente significativo. Días antes, Marcos Cao había confesado su preocupación por una afección respiratoria que incluso puso en duda la celebración del concierto. Sobre el escenario pidió disculpas por si la voz no respondía, pero la realidad fue muy distinta: su interpretación no solo estuvo a la altura, sino que evidenció una destreza vocal impecable.
El concierto en palabras de una gran amiga podría definirse como una auténtica “explosión de azúcar”: intenso, emocional, luminoso. Pero también como una declaración de principios. La Sonrisa de Julia no necesita grandes artificios ni giras mastodónticas para reafirmarse como una de las referencias del indie nacional. Liderados por Marcos Cao —mucho más que un nombre asociado a Carlos Ares— y arropados por una banda sólida y cómplice (Mario de Inocencia al bajo, Raúl Delgado a la batería, Juan Díaz-Terán a la guitarra y la incorporación ya imprescindible de Raúl Gómez “Cachopo” a los teclados), lo suyo es otra cosa: honestidad, detalle y conexión real.
El broche final no estuvo en el escenario. Tras el concierto, la banda se quedó compartiendo tiempo con el público, firmando discos y charlando sin prisas, mientras volaban las copias de esa edición especial metalizada de "Enemigo" en vinilo, disponible únicamente en directo. Un gesto que resume perfectamente lo que son: una banda que va a su ritmo, que cuida a los suyos y que convierte cada concierto en algo más que música.










