Una gran masa de tataranietas y tataranietos se encaminaba a Pontevedra, el Recinto Ferial de Pontevedra no parecía un recinto ferial la noche del 9 de mayo de 2026. O, al menos, no uno reconocible en el sentido habitual. Lo que se levantó allí fue otra cosa: un espacio mutable, medio escenario, medio plaza pública, medio ritual contemporáneo. Algo que Fillas de Cassandra llevaba tiempo insinuando sin decirlo del todo: que Tertúlia no era un disco, sino una forma de estar juntas.
Desde los primeros minutos ya se intuía que aquello no iba a seguir el guion clásico de “concierto + aplauso + bis”. Había una energía rara, casi eléctrica, pero no solo en el sonido: también en la manera en que el público ocupaba el espacio, en cómo se iban llenando los huecos sin prisa, como si nadie quisiera romper del todo lo que estaba a punto de empezar.
Y entonces empezó todo.
Pero en realidad, ya había empezado antes.
A las 20:00 h, con las puertas abiertas, el recinto ya funcionaba como una extensión del propio espectáculo. En la entrada, un fotocall con sillas no era un simple gesto visual: la gente se detenía, se sentaba, se reía, como si ya hubiera una escena en marcha antes incluso de la música. Muy cerca, una instalación con doce sillas abría otro plano más silencioso, donde varios espectadores se quedaban unos segundos quietos, como si el espacio obligara a bajar el ritmo antes incluso de que comenzara el concierto.
Dentro, la DJ Rapante mantenía el flujo constante mientras el recinto terminaba de llenarse. No era una previa en sentido estricto: era continuidad. Entre barras saturadas, vasos en alto y un merch que no daba abasto, todo tenía algo de movimiento permanente, pero sin urgencia. Nadie parecía llegar tarde a nada.
En ese contexto, el propio dispositivo del espectáculo ya estaba dibujando su arquitectura: Fillas de Cassandra no estaban solas en escena. Estuvieron acompañadas por Icía Varela, en percusiones y voces; Elena Domínguez, en percusiones, voces y violonchelo; y Vicky González, en la batería. Su presencia no funcionaba como acompañamiento, sino como columna vertebral sonora y escénica de un proyecto concebido desde el inicio como coral. A ello se sumaban dos piezas clave del engranaje invisible: la escenografía del colectivo As dúas e punto y la dirección de movimiento de Daniel Rodríguez, responsables de que todo tuviera una fluidez coreografiada sin perder naturalidad.
A las 22:00 h en punto, el estado del recinto cambió sin ruptura evidente.
María y Sara aparecieron en escena junto a esas tres grandes músicas que las acompañaron durante toda la noche, y el conjunto empezó a comportarse como una sola respiración compartida. No había jerarquías visibles ni focos individuales: cada gesto parecía empujar el siguiente. En el público, un silencio breve, denso, de esos que no son vacío sino concentración absoluta, precedió al primer estallido.
“saír á fresca” abrió la noche sin marcar un inicio claro, más bien como si el concierto ya llevara un rato ocurriendo. En “Alboroto”, ese pulso se desbordó de inmediato: gente cantando sin pensarlo, manos que aparecían arriba de golpe, miradas cruzadas entre desconocidos que ya compartían ritmo. “hibernarse” no rompió el pulso ni detuvo la inercia colectiva, pero sí cambió la textura del momento, introduciendo una breve inflexión dentro de la euforia general.
“LISÍSTRATA” introdujo una capa más reconocible del universo del dúo, donde el mito se reescribe desde el presente sin necesidad de explicación externa y con ruptura de paredes. “am0r” redujo la intensidad hacia algo más cercano, con el público degustando en bloque los nuevos temas, con la misma intensidad que en la mejor de las gastroexperiencias.
La primera colaboración llegó con “déixate ver”, junto a Elena Villa “Ede”, en un punto en el que nada parecía añadido desde fuera, sino integrado en algo ya en marcha. A estas alturas ya quedaba claro que la electrónica contaba con mucha más presencia pese a seguir siendo popular y las letras agridulces homenajeaban a la ausencia como volvería a pasar con “Filla Filliña” ya sin Ede en el escenario
Un momento inesperado llegó con “cuchicheo”, junto a Pipiolas (el dúo femenino formado por Adriana Ubani y Paula Reyes). Su aparición entre el público antes de subir al escenario provocó un segundo de desconcierto real, rompiéndose la cuarta pared como ya previamente habían hecho Sara y María bajando a dialogar con el público, un gesto colectivo de “esto está ocurriendo de verdad”, que se transformó inmediatamente en complicidad compartida en un homenaje a la rabia y a la pista de baile sobre el escenario.
El bloque de “feita a man + PUNHETA!” empujó todo hacia un terreno más físico, con el público ya completamente entregado, seguido de un interludio que reorganizó la energía en oleadas. “VERBENA” convirtió el recinto en un espacio festivo reinterpretado desde el presente, sin nostalgia, sino como práctica viva.
En “AS MOIRAS” y “Tataravoa”, el ambiente explotó en clave de coro colectivo. Son los dos temas más reconocibles del repertorio del dúo y el respetable lo asumió desde el primer segundo como una señal clara: aquello era territorio de celebración compartida. El Recinto Ferial se convirtió literalmente en una sola voz desbordada, con el público cantando por encima de todo, manos en alto y una energía que hacía imposible distinguir quién sostenía realmente la canción.
Uno de los momentos más densos visualmente llegó con “bUCÓLICA”, junto a Zetak, donde el escenario quedó reducido a sombras y contornos, con un ligero cambio de temperatura que reorganizó la atención sin romper el pulso general y con un Pello Reparaz que viene de agotar más de 80.000 entradas en unas horas para San Mamés en junio y que volvía a repetir colaboración tras la increíble "ANGULEELE".
En “TERTÚLIA” se sumaron cinco músicos de la Agrupación Musical del Rosal, y la pieza se convirtió en una estructura expandida en tiempo real, más cercana a una conversación múltiple que a una interpretación cerrada. Durante todo el espectáculo la escenografía de As dúas e punto y la dirección de movimiento de Daniel Rodríguez sostenían ese desbordamiento como si el espacio entero estuviera preparado para diluir sus propios límites.
El momento más cercano a una suspensión real llegó con “CASSANDRA”, con un Abraham Cupeiro magestuoso tocando las conchas marinas y que había aparecido entre el público con el karnyx celta bajo la banda sonora de “Acrópole”. Su entrada, lenta y magnética, no detuvo la energía del concierto, pero sí la desplazó a otro plano. El sonido del instrumento introdujo una gravedad distinta, casi ceremonial, que por unos minutos ordenó el recinto de otra forma y a la vez nuestro propio ADN, sonidos del pasado que volvían a nuestra psique en una sensación muy difícil de describir. Fue el único instante en toda la noche en el que la euforia colectiva se replegó ligeramente, no por pérdida de intensidad, sino por respeto a lo que estaba ocurriendo.
El tramo final con “insolación” y especialmente “lodos” llevó el concierto hacia su estallido definitivo. Lo que empezó como espectáculo terminó como una rave colectiva en la que el escenario quedó completamente habitado por todas las personas que habían participado en la noche: artistas invitados, músicos y colaboraciones, mezclados sin jerarquías.
No había centro, ni frontera, ni final cerrado. Solo continuidad.
Cuando todo terminó, nadie se fue del todo rápido. Quedó una mezcla de euforia sostenida y desorden emocional feliz, como si el cuerpo todavía siguiera dentro del concierto unos segundos después del silencio. Dj Rapante volvía a coger el mando, María y Sara poco tardaron en salir y fundirse con los presentes, entre ellos muchos familiares y amistades del mundo musical gallego que no se quisieron perder la cita. Muchas fotos, muchas firmas, lágrimas, regalos, abrazos y una Tertúlia que no se presentó en Pontevedra: se desplegó, y durante un rato largo, fue de todos.


















