El pasado sábado 25 de abril, A Cofradía Taberna Cultural volvió a demostrar por qué se ha convertido en uno de los espacios más activos y necesarios para la música en directo en la ría de Arousa. En un formato cercano, casi doméstico, pero con una programación ambiciosa, la sala acogió el cierre de gira en salas de Drugos hasta septiembre, poniendo el broche final a su “Haz Ruido Mientras Puedas Tour 2026” en este formato antes de encarar la temporada de festivales.
Cerca de un centenar de asistentes llenaron prácticamente el local, generando ese ambiente denso y expectante que solo se da en conciertos donde hay algo más que un simple directo.
La noche arrancó con La pesca en sizigia, el proyecto en solitario de Willie Hott, que defendió en formato íntimo un repertorio marcado por la sensibilidad y una búsqueda sonora más pausada. Solo, acompañado de su guitarra acústica y sus armónicas, fue desgranando hasta ocho temas entre los que no faltaron: “Veces”, “Lo que diga la gente”, “Eiffel”, “4,80” o “Por si es necesario volar”, antes de cerrar con “Volver a empezar”.
Su directo creció de forma progresiva, sin artificios, hasta terminar completamente integrado en el ambiente de la sala. Antes de despedirse, invitó a los presentes a seguir el proyecto en plataformas si habían conectado con él, dejando también abierta la puerta a un encuentro futuro ya en formato de banda. Más tarde volvería a escena, esta vez al bajo, como parte del set de Drugos.
El concierto principal mostró desde el inicio a una banda en formato reducido pero muy cohesionada. Con las ausencias de Luis y Nacho, fueron Jano (voz y guitarra) y Ale (batería) quienes sostuvieron el núcleo del directo, apoyados por Willie y un soberbio Kevin Vásquez a los teclados que reforzaron el sonido sin diluir la identidad del grupo.
Desde el primer momento quedó claro que no era un concierto al uso. “María Pombo” abrió la noche con una sala ya entregada, funcionando como declaración de intenciones. El tema, que la banda ha definido en entrevistas como una sátira sobre el postureo y la cultura mediática contemporánea, apareció afilado y directo, sin concesiones.
A lo largo de todo el concierto se mantuvo una constante: la solidez de Jano a la guitarra, alternando momentos de precisión con otros más abiertos y viscerales, siempre al servicio del conjunto. Su voz, de timbre cálido y ligeramente rasgado, fue otro de los ejes de la noche, sosteniendo el equilibrio entre ironía y emoción en prácticamente cada tema, con un color que por momentos remite al mejor Coque Malla en su forma de frasear.
Ale, por su parte, fue mucho más que el motor rítmico. Su pegada firme dio cohesión a todo el repertorio, pero también aportó una presencia escénica cercana y natural, con una alegría y energía constante que ayudó a mantener la tensión del concierto de principio a fin.
A partir de ahí, el repertorio fue avanzando sin apenas tregua. “Siento que estoy levitando”, “Las amapolas” y “Los martes” consolidaron una conexión total con el público, que ocupaba cada rincón del local y respondía como parte activa del concierto.
El tramo central mantuvo esa inercia con “Estoy sangrando”, “Muerto” y “Parece invierno”, donde la banda se movió entre la contundencia y una melancolía latente que atraviesa buena parte de su sonido. “Como el trigo” y “Rápido y lento” ampliaron dinámicas antes de encarar el bloque final.
Con “Sal a matar”, “Drugos” y “Nadie sabe lo que pasa”, la sala alcanzó su punto más alto de intensidad. El concierto dejó de ser lineal para convertirse en algo casi físico, con el público empujando cada tema desde muy cerca.
Tras “No queda tiempo” con presentación de la banda y examen a los presentes de hasta cuando se sabían las letras, llegó un breve respiro, un alto necesario para recomponerse antes del último impulso. Fue entonces cuando Jano se quitó la cazadora, gesto sencillo pero simbólico, y la banda regresó al escenario para el cierre.
El trío final de temas coreado por el público en fiel estilo asturiano al son de “Otres Tres” —“30 monedas”, “Artemisa” y “Puntos cardinales”— funcionaron como una salida sin artificios, directa, casi inevitable, en una sala completamente entregada.
Más allá de lo musical, la noche dejó esa sensación tan propia del circuito de salas: cercanía absoluta, conversación sin distancia y una mesa de merchandising convertida en punto de encuentro, con la banda prolongando el concierto fuera del escenario.
Porque si algo deja claro una noche así es que Drugos no se entienden solo desde el repertorio, sino desde el contexto: la construcción de una identidad en espacios pequeños, donde todo sucede sin filtro. El salto a los festivales será otra cosa que derivará probablemente en el gran reconocimiento final a una banda que lleva mucho tiempo haciendo las cosas muy bien y que son unas bestias del escenario. Pero aquí, en Vilanova, todavía importaban los pequeños detalles.
Y A Cofradía, una vez más, como el lugar donde todo eso sigue siendo posible.
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