Los Acebos: intensidad, verdad y guitarras desde Asturias

Hay bandas que nacen con un plan perfectamente definido y otras que aparecen casi sin querer, desde la necesidad más pura de hacer canciones. Lo de Los Acebos pertenece claramente al segundo grupo. El proyecto comienza en Asturias cuando Berto empieza a componer en 2023 sin demasiadas expectativas, simplemente como una forma de desahogo emocional. Aquellas primeras canciones, grabadas casi de manera improvisada junto a colegas en un local improvisado mirando a las vacas, acabarían convirtiéndose en el germen de algo mucho más grande. Incluso el nombre de la banda nace de ese mismo lugar: una casa del pueblo donde ensayaban y cuya fachada tenía escrito “Los Acebos”. Una forma de no olvidar nunca de dónde viene todo. Lo que empezó siendo pura curiosidad terminó transformándose en una banda real cuando las canciones comenzaron a pedir escenario. Guille, Sebas y Oscar se sumaron al proyecto entendiendo perfectamente la filosofía detrás de aquellas composiciones: honestidad, compromiso y mu...

El día que el Ouren Sound Fest se empapó de música

La segunda jornada del Ouren Sound Fest 2026 comenzó mucho antes de que sonase la primera canción. Tras la tormenta eléctrica que condicionó la jornada del viernes y obligó a detener momentáneamente la actividad del festival, el sábado amaneció con una pregunta sobrevolando entre asistentes, artistas y organización: ¿sería posible sacar adelante la programación prevista?

Las horas previas estuvieron marcadas por la incertidumbre. Muchos asistentes permanecieron pendientes de las redes sociales del festival desde primera hora de la mañana, atentos a cualquier actualización mientras el fantasma de una posible suspensión seguía muy presente. El recinto todavía arrastraba las consecuencias del temporal de la noche anterior, especialmente en todo lo relacionado con incidencias técnicas y problemas eléctricos, obligando a la organización a trabajar contrarreloj para recuperar la normalidad.


Con el paso de las horas, los mensajes comenzaron a transmitir algo más de calma. Actualización tras actualización, la sensación de incertidumbre fue dejando paso al alivio. El Ouren Sound Fest hacía todo lo posible por solucionar los problemas surgidos y, poco a poco, el ambiente empezó a cambiar: de la preocupación inicial a las ganas de volver a llenar el recinto y dejar atrás una noche complicada.

Afortunadamente, el festival pudo continuar adelante. Aunque la amenaza de tormenta y lluvia siguió presente durante toda la jornada, generando esa sensación constante de mirar al cielo por si el tiempo volvía a complicar las cosas, el Ouren Sound Fest consiguió abrir puertas y devolver cierta normalidad a un sábado que había comenzado lleno de incógnitas.


Con ese contexto de fondo arrancó la música. Abril, el dúo gallego de folk contemporáneo originario de Vigo formado por Claudia Abril (voz y percusión) y Marina Carpente (violín y coros), fue el encargado de inaugurar la segunda jornada ante una presencia todavía tímida de público, con muchos asistentes llegando progresivamente al recinto tras las dudas acumuladas durante la mañana.

Su propuesta, construida desde la unión entre la música de raíz tradicional, los cantos ibéricos y arreglos contemporáneos con influencias europeas, encajó como una declaración de intenciones perfecta para abrir la tarde. El grupo presentó sobre el escenario las canciones de "Medrar", su álbum debut, reivindicando el folclore desde una mirada actual y demostrando la personalidad propia de un proyecto que continúa creciendo dentro de la escena gallega.


Mientras sobre el recinto seguían acumulándose nubes amenazantes y alguna gota traviesa comenzaba a dejarse caer tímidamente sobre San Cibrao das Viñas, el dúo consiguió aportar calma y calidez a un inicio marcado todavía por la incertidumbre meteorológica.

Su paso por el festival terminó adquiriendo todavía más valor con el paso de los días, cuando fueron reconocidas con el Premio Martín Códax da Música 2026 en la categoría de Música Folk, uno de los reconocimientos más relevantes del panorama musical gallego, confirmando las sensaciones que dejaron sobre el escenario ourensano.

El ambiente, aún contenida la afluencia en los primeros compases de la tarde, fue ganando cuerpo a medida que avanzaba la jornada hasta llegar a uno de los momentos de mayor peso simbólico del día: la aparición de Duncan Dhu.



La formación, liderada por Mikel Erentxun ante la ausencia de Diego Vasallo en esta gira, llegó al Ouren Sound Fest inmersa en la celebración de su 40 aniversario, una gira con la que repasan cuatro décadas de trayectoria y reivindican un repertorio que sigue formando parte de la memoria colectiva del pop español.

La expectación se tradujo rápidamente en imágenes que marcarían el resto de la tarde: el recinto terminó de llenarse, confirmando el primer gran pico de asistencia del sábado. Con una lluvia fina apareciendo por momentos, pero sin llegar a afectar al desarrollo del concierto, Duncan Dhu desplegó un repertorio construido desde la nostalgia, pero ejecutado con la naturalidad de quien sigue defendiendo estas canciones décadas después.

La apertura con "Capricornio" sirvió para poner en marcha un viaje musical que fue alternando distintas etapas de su trayectoria, con canciones como "A tientas", "A tu lado" o "Esos ojos negros" encontrando una respuesta inmediata por parte del público, que acompañó gran parte del concierto entre aplausos y coros constantes.



Uno de los aspectos más destacados de la actuación estuvo también dentro de la propia banda. Joseba Irazoki quién el día anterior se encontraba actuando junto a la banda de Nacho Vegas tuvo que asumir la guitarra principal con apenas 24 horas de margen al tener que sustituir de urgencia al guitarrista oficial de la gira. Un reto que el bueno de Joseba resolvió a la perfección.

El tramo final terminó por confirmar la conexión absoluta entre banda y público. "Cien gaviotas" preparó el terreno para un cierre con "En algún lugar" que convirtió el recinto en un coro colectivo, cerrando uno de los conciertos más celebrados hasta ese momento y confirmando que, cuarenta años después, las canciones de Duncan Dhu siguen funcionando como un punto de encuentro entre generaciones.

Con el público mirando casi tanto al cielo como al escenario, aunque la lluvia todavía seguía sin hacer acto de presencia de manera continuada, llegó el turno de Marlon y, con ellos, el primer gran cambio de ritmo de la jornada.


La banda asturiana aterrizó en Ourense inmersa en la gira de presentación de "Hipersensible", un trabajo con el que el grupo parece decidido a romper parcialmente con su etapa anterior para abrazar un discurso más íntimo, honesto y directo. Una transformación que también afecta a su repertorio, dejando atrás algunos de los grandes éxitos con los que alcanzaron popularidad y con los que ya no se sienten plenamente identificados, apostando ahora por un sonido más crudo y claramente orientado hacia el rock.

Sin embargo, el arranque del concierto estuvo lejos de ser sencillo. Desde los primeros temas, los gestos y aspavientos de Adrián Roma evidenciaban que algo no estaba funcionando como debiera sobre el escenario. Hacia fuera todo parecía sonar correctamente, pero sus sistemas de escucha internos no respondían como esperaban y la frustración terminó apareciendo sobre el escenario.



Fue durante el tercer tema cuando decidió detenerse para dirigirse al público con total sinceridad: “Perdonad por mis modales, pero hoy es uno de esos días en los que haces una prueba de sonido perfecta y de repente no sabes qué cambia y todo sale mal y te enfadas y te cabreas porque eres humano. Disculpad, prometo intentar sonreír todo lo que queda de concierto”.

Aquella confesión, lejos de romper la dinámica del concierto, terminó funcionando como un punto de inflexión. A partir de ahí, la actuación cambió completamente de tono. La tensión inicial desapareció y dio paso a una banda mucho más suelta, entregada y conectada con el público.

El repertorio fue alternando el nuevo material con canciones que todavía sobreviven de etapas anteriores, construyendo un concierto de dieciséis canciones que fue creciendo progresivamente en intensidad. "Mi Macarena" y "Me supo a poco" marcaron el arranque, mientras temas como "Superman", "De Mudanza" o "Uñas y dientes" fueron consolidando esa nueva identidad sonora más guitarrera y visceral.



También hubo espacio para los guiños generacionales, con un homenaje a Hombres G a través de "Voy a pasármelo bien", recibido con entusiasmo por un público que ya llenaba completamente el recinto.

El tramo final terminó de confirmar la remontada emocional del concierto. "Hipersensible", "Olvidé olvidarte" y "Háblales" cerraron una actuación completamente transformada respecto a sus primeros minutos, con un Adrián Roma totalmente reconciliado con el momento y llegando incluso a fundirse con el público en los últimos compases del show.

Si Duncan Dhu había servido para reunir generaciones, Marlon fue el concierto que terminó de cambiar definitivamente las pulsaciones del sábado: más volumen, más electricidad y una conexión emocional construida desde la imperfección y la honestidad.


Con la amenaza de lluvia cada vez más presente y mirando constantemente hacia un cielo que seguía sin decidirse del todo, llegó el turno de La Maravillosa Orquesta del Alcohol. La banda burgalesa regresaba a Galicia pocos meses después de su paso por la Sala Capitol de Santiago de Compostela, donde ya habían demostrado por qué siguen siendo una de las propuestas más solventes y emocionales del panorama nacional. Si aquello había sido intenso, lo de Ourense volvió a confirmar que pocas bandas manejan tan bien la mezcla entre celebración colectiva y descarga emocional.

Los burgaleses construyeron un concierto frenético de diecinueve canciones que funcionó como un recorrido por distintas etapas de su carrera, comenzando con "San Felices", tema que da nombre a su último trabajo, y "Alsa pa Madrid", dos canciones suficientes para transformar por completo la energía del recinto.



A partir de ahí, el concierto se convirtió en una sucesión de himnos coreados por un público completamente entregado. Canciones como "La inmensidad", "Mil demonios", "Catedrales" o "La vieja banda" fueron apareciendo en un repertorio que volvió a demostrar la capacidad de la banda para convertir canciones profundamente emocionales en auténticos actos colectivos y que solo la parada momentánea del concierto para poder atender a una indisposición entre el público pudo rebajar.

Con la reanudación llegó el momento más inesperado —y seguramente también el más celebrado de toda esta edición del festival— llegó lejos del repertorio previsto. Desde bebé, Jacobo acompaña con sus padres las visitas de la banda a Galicia, creciendo entre conciertos, coreando canciones y ocupando desde hace años un lugar especial dentro de ese universo construido alrededor del grupo. Esta vez, quisieron devolverle parte de ese cariño invitándolo a subir al escenario para interpretar junto a ellos "Los lobos", precisamente su canción favorita.



Lo que ocurrió después fue uno de esos momentos difíciles de explicar fuera de un festival: miles de personas coreando su nombre mientras los gritos de “¡Jacobo, Jacobo!” se extendían por todo el recinto, construyendo una de esas imágenes destinadas a permanecer asociadas a esta edición del Ouren Sound Fest mucho tiempo después de terminar.

También hubo novedades respecto al concierto de Santiago. La vuelta de Joselito Maravillas al acordeón recuperó una pieza importante dentro de la formación original después de meses en los que esa responsabilidad había recaído sobre Süne, aportando además esa sensación de reencuentro que terminó impregnando gran parte de la actuación.

El tramo final fue sencillamente demoledor. "1932", "Héroes del sábado" y "Mañana voy a Burgos" terminaron de convertir el concierto en una celebración colectiva que ya parecía inmune tanto al cansancio acumulado como a la amenaza constante de lluvia.

Otro conciertazo. Uno más. Porque si algo volvió a demostrar La M.O.D.A. en Ourense es que pocas bandas consiguen hacer sentir tan cerca canciones pensadas para ser gritadas entre miles de personas.


Sin duda, la siguiente actuación, la de Siloé, era una de las más esperadas del festival. La banda regresaba al Ouren Sound Fest por segundo año consecutivo, algo poco habitual dentro de la rotación habitual de nombres y que evidenciaba la conexión creada con el público ourensano tras su paso por la edición anterior. Su vuelta venía acompañada además de una enorme expectación, con la sensación compartida de que este podía ser uno de los conciertos llamados a marcar la edición.

Ni siquiera la fuerte lluvia y la tormenta que apareció durante el cambio de escenario lograron frenar el movimiento hacia las primeras filas. Los empujones, apelotonamientos y carreras para intentar ganar posiciones cerca de la valla fueron constantes, mientras el recinto volvía a llenarse por completo pese a unas condiciones meteorológicas que invitaban más a buscar refugio que a esperar delante de un escenario.



En ese contexto, también llamaba la atención la diversidad de público que se había ido reuniendo a lo largo del día. Resultaba evidente cómo muchas personas descubrían por primera vez a grupos con trayectorias consolidadas como La M.O.D.A. o incluso a Duncan Dhu, pese a sus décadas de historia sobre los escenarios. En general, la respuesta era positiva, con un público receptivo y abierto a dejarse llevar por distintas propuestas. Otra cosa distinta era el perfil de quienes llegan exclusivamente para un único concierto, entrando justo a tiempo de su artista favorito y abandonando el recinto sin dar siquiera una oportunidad a la banda siguiente, un comportamiento fenómeno fan que contrasta bastante con el espíritu de comunión colectiva que habitualmente se vive en los festivales.

Con esa mezcla de lluvia, movimiento constante y reflexión en el ambiente, Siloé saltó al escenario acompañado de una expectación enorme. Fito Robles, Xavi Road y Jaco Betanzos desplegaron desde el inicio lo que mejor define a la banda: un directo pensado como experiencia total, con una producción cuidada al detalle, una estética visual preciosa y una puesta en escena diseñada para convertir cada canción en algo más grande que un simple concierto.



En lo musical, el repertorio estuvo muy centrado en "Terrorismo emocional", nombre de su gira actual y también de su último trabajo, reafirmando la nueva etapa del grupo sin renunciar a las canciones que han consolidado su crecimiento durante los últimos años. Temas como "Si me necesitas, llámame", "Nada que se parezca a ti" o "La verdad" fueron apareciendo a lo largo del concierto junto a canciones como "Que merezca la pena" y "Todos los besos", recibidas por un público que respondió con intensidad prácticamente desde el primer minuto.

Lo que ocurrió sobre el escenario fue, sencillamente, un concierto con mayúsculas. Sonido potente, ejecución impecable y una banda completamente entregada que volvió a demostrar por qué su directo está considerado como uno de los más sólidos del circuito actual. Incluso hubo espacio para el detalle local, cuando Fito apareció luciendo la camiseta de la Unión Deportiva Ourense, un gesto rápidamente celebrado por el público y que terminó adquiriendo todavía más valor después del histórico ascenso conseguido posteriormente por el club.

Y precisamente por eso resultó todavía más frustrante que un detalle aparentemente menor terminase condicionando tanto la experiencia. Un altavoz negro decorado con una flor roja, colocado a la altura del rostro del cantante, bloqueó durante prácticamente todo el concierto la visión de Fito Robles para buena parte de quienes seguían la actuación desde la mitad izquierda del recinto, su retirada a dos canciones del final fue uno de los momentos más coreados por el público.



Puede parecer algo trivial sobre el papel, pero no lo fue. Después de semanas de preparación, una producción visual tan trabajada, un escenario espectacular y una banda ofreciendo uno de los mejores conciertos del festival, resultaba difícil no sentir cierta frustración viendo cómo un elemento tan fácilmente corregible terminaba rompiendo parte de la experiencia. Porque cuando todo lo demás funciona tan bien, estos detalles pesan todavía más.

La sensación final fue extraña: satisfacción absoluta por un espectáculo musicalmente impecable y cierta rabia por no haber podido disfrutarlo visualmente como merecía. Aun así, Siloé volvió a confirmar en Ourense que su crecimiento no es casualidad y que, por segundo año consecutivo, fueron capaces de convertir el Ouren Sound Fest en su casa por una noche.

A esas alturas de la noche, la lluvia ya había dejado de amenazar para convertirse en una presencia constante. El desgaste acumulado de toda la jornada, las condiciones meteorológicas y el hecho de actuar justo después del gran reclamo del cartel terminaron penalizando claramente a Niña Polaca. Pese a los esfuerzos de La Duendeneta (impecables durante toda la jornada) y de Mr. Kitos DJ para mantener la energía entre cambios y evitar que la fiesta se detuviese, más de tres cuartas partes del público optaron por abandonar progresivamente el recinto.

Y, sin embargo, quienes se quedaron encontraron probablemente uno de los conciertos más meritorios de toda la edición.


Niña Polaca apareció sobre el escenario con una producción notablemente más ambiciosa de la que acostumbraban a mostrar apenas un año atrás. El salto visual y escénico era evidente, pero las condiciones también exigían improvisación constante. La lluvia, el viento y la meteorología adversa obligaron incluso a modificar parte de la puesta en escena, retirando elementos decorativos que simplemente no podían resistir el empuje del temporal y obligando a la banda a dar varios pasos atrás para poder continuar con garantías.

Nada de eso alteró la actitud del grupo. Venían desde Alicante, un contexto climático muy distinto al que encontraron en Ourense, pero actuaron como si estuviesen llenando el Bernabéu.

El repertorio funcionó como una sucesión de catorce golpes directos. Canciones como "Nora", "Travieso" o "¿Dónde está la ONU cuando más la necesitas?" fueron sosteniendo a un público reducido en número, pero enorme en entrega. Curiosamente, el sonido generó sensaciones diferentes según la ubicación: en las primeras filas, el volumen resultaba quizá excesivo para la cantidad de asistentes que quedaban frente al escenario; unos metros más atrás, sin embargo, todo encajaba mucho mejor y permitía disfrutar plenamente de un concierto que fue creciendo conforme avanzaba.



El tramo final terminó convirtiéndose en una pequeña recompensa para quienes decidieron resistir la lluvia hasta el final. "Suena ABBA cuando enciendes el motor", "Los días malos", "La muerte de Mufasa" y "Mucho tiempo contigo" cerraron la noche entre impermeables, ropa empapada y un público que, pese al cansancio, siguió cantando hasta el último minuto.

Como decía un amigo durante el concierto: Niña Polaca son tu próximo grupo favorito. Y viendo cómo defendieron un escenario cada vez más vacío, bajo la lluvia y en unas condiciones muy alejadas de las ideales, cuesta bastante llevarle la contraria.

La salida del recinto llegó al ritmo de Mr. Kitos DJ y con esa sensación extraña que dejan los festivales cuando cuesta distinguir si el agotamiento viene de bailar, de caminar entre barro o simplemente de haber vivido demasiadas cosas en pocas horas.

Siempre habrá quien critique reclamando más espacios cubiertos, menos barro o mejores conexiones de transporte cuando el cielo decide complicarlo todo. Y probablemente parte de esas demandas sean razonables. Pero también conviene reconocer el contexto: el esfuerzo realizado por la organización para sacar adelante una edición marcada desde el primer día por la meteorología fue enorme, y muchas de las soluciones que se exigen dependen también de factores externos, desde la estabilidad de las ubicaciones hasta la coordinación entre administraciones y servicios de transporte de distintos municipios.

Porque si algo dejó claro esta segunda jornada del Ouren Sound Fest 2026 fue precisamente eso: que hubo dificultades, muchas más de las deseadas, pero también una capacidad enorme para adaptarse a ellas sin dejar de hacer música y garantizar la seguridad.