La segunda jornada de O Son do Camiño amanecía con una misión complicada: mantener el nivel de un estreno que había congregado a decenas de miles de personas en el Monte do Gozo y, al mismo tiempo, satisfacer a un público completamente distinto. Si el jueves había estado marcado por los grandes nombres del pop internacional, el viernes el festival cambiaba de registro para entregarse a las guitarras, al rock alternativo y al nu metal que marcó a toda una generación.
Se notaba desde mucho antes de cruzar los controles de acceso. Había más camisetas negras que el día anterior, más logos de bandas estampados sobre las espaldas y más conversaciones que giraban alrededor de un único nombre. Muchos habían comprado su entrada únicamente para aquella jornada. Otros llevaban meses contando los días que faltaban para volver a ver a una banda que parecía haber escrito su último capítulo en 2017. Nueve años después de su último concierto en España, Linkin Park regresaba con una nueva formación y con una incógnita que sobrevolaba cada conversación entre los asistentes: ¿sería posible mantener vivo un legado tan inmenso sin Chester Bennington?
Pero todavía quedaban muchas horas para resolver esa pregunta.
La tarde comenzó con la actuación de Corella, cuarteto de indie rock y indie pop originario de Manchester, encargado de inaugurar el escenario principal mientras el recinto iba cogiendo temperatura poco a poco. Formados por Joel Smith (voz), Ben Henderson (bajo y voz), Jack Taylor (guitarra) y James Fawcett (batería), llegaron a O Son do Camiño con un primer álbum de estudio, "Once Upon a Weekend", un segundo trabajo en camino y la carta de presentación de un directo que ya habían dejado plasmado en su disco en vivo "Live in Manchester" y que pudimos vivir en una versión más recortada de tiempo pero igual de intensa en Santiago.
Todavía había espacio para caminar con relativa comodidad por el Monte do Gozo, buscar sombra o acercarse a alguno de los puestos de comida antes de que la afluencia terminase por convertir cualquier desplazamiento en una pequeña odisea. Su concierto sirvió precisamente para eso: para abrir boca y empezar a conectar al público con una jornada que no dejaría de crecer en intensidad.
Los primeros grandes aplausos llegaron con Hoobastank. Para muchos era una oportunidad irrepetible de volver a encontrarse con una banda que puso banda sonora a la adolescencia de toda una generación y que rara vez incluye España en sus giras. No necesitaron demasiado tiempo para demostrar que siguen conservando intacta la pegada que los convirtió en uno de los nombres imprescindibles del rock alternativo de comienzos de los 2000.
Doug Robb apareció con la seguridad de quien sabe que tiene entre manos un repertorio capaz de sobrevivir al paso del tiempo. Canciones como "Crawling in the Dark" o "Out of Control" fueron calentando el ambiente hasta desembocar en uno de los primeros momentos realmente multitudinarios de la jornada. Bastó que sonaran los acordes de "The Reason" para que miles de personas asumieran la interpretación prácticamente al completo. Durante unos minutos apenas era necesario acercar el micrófono al público. La emoción hizo el resto.
Con el Monte do Gozo ya bastante más poblado llegaba el turno de Niña Polaca. Si algo ha demostrado la banda madrileña durante los últimos años es que su crecimiento no responde a ninguna moda pasajera. Lo suyo es la naturalidad, la cercanía y esa capacidad para convertir canciones aparentemente sencillas en himnos generacionales.
Su concierto tuvo precisamente ese aire desenfadado que caracteriza a la formación. No hubo necesidad de grandes artificios. Una colección de banderas azules sobre el escenario hacía referencia a su tercer y reciente LP “¿Dónde está la ONU cuando más lo necesitas?” y bastó con enlazar un repertorio sólido para que el ambiente fuese creciendo canción tras canción. Los primeros pogos de la tarde comenzaron a abrirse mientras sonaban algunos de sus temas más celebrados como “Travieso”, “Contigo”, “Los días malos” o “Mucho tiempo contigo” y el festival empezaba definitivamente a adquirir el pulso que mantendría durante toda la noche.
Si alguien todavía guardaba dudas sobre cuál era el estado de forma del rock nacional, Sexy Zebras se encargó de despejarlas en apenas unos minutos.
Lo suyo no son los conciertos; son auténticas descargas de adrenalina. El trío madrileño salió al escenario con la misma filosofía que lleva años acompañándolos: tocar como si cada concierto fuese el último. Sin descansos, sin apenas respiro entre canciones y con una actitud que convirtió el escenario en una explosión permanente de energía. Gabriel Montes llevó la voz principal y el bajo con una intensidad constante, mientras José Luna empujaba desde la guitarra y las voces, y Jesús Luna sostenía la batería y los coros con una pegada implacable.

El grupo jugó además con un guiño muy especial al público compostelano al reivindicar las raíces gallegas de la madre de los hermanos Luna, un detalle que fue recibido con una ovación inmediata y que reforzó aún más la conexión con el Monte do Gozo.
Durante algo más de una hora apenas hubo un segundo de respiro. Los círculos de pogo con gente con pelucas rosa chicle y hasta con alguna cebra hinchable en ellos crecía con cada canción y las primeras filas respondían con la misma intensidad que la banda desprendía desde el escenario. Nunca fallan en directo y nos dejaron exhaustos.
A medida que avanzaba la tarde, el Monte do Gozo empezaba a transformarse de forma evidente. Los trayectos entre escenarios se volvían más lentos, los puntos de sombra más disputados y la sensación general era la de un recinto que empezaba a comprimirse sobre sí mismo, anticipando lo que estaba por venir.
A esas alturas ya resultaba evidente que el viernes iba camino de convertirse en la jornada más rockera de toda la edición.
Pero todavía faltaba uno de los grandes descubrimientos para buena parte del público.
La primera visita de Biffy Clyro a Galicia llevaba años haciéndose esperar y la banda escocesa aprovechó la ocasión para demostrar por qué ocupa desde hace tanto tiempo un lugar privilegiado dentro del rock alternativo europeo.
Simon Neil apareció sobre el escenario con la intensidad que lo caracteriza, como si cada concierto fuese una cuestión de vida o muerte. Hay músicos que administran el esfuerzo pensando en la gira. Neil pertenece a la categoría contraria. Desde el primer acorde transmite la sensación de dejarse absolutamente todo sobre las tablas. La voz rasgada, la guitarra golpeada con violencia y una entrega física constante hicieron que, por momentos, pareciera imposible mantener semejante nivel de intensidad durante todo el concierto.
La potencia del sonido acompañó perfectamente esa propuesta. Cada golpe de batería retumbaba con una contundencia poco habitual y las enormes dinámicas que caracterizan a Biffy Clyro adquirían una dimensión casi física. Muchos asistentes recurrían a tapones, pero nadie podía negar que la banda sonaba enorme.
Lo fascinante de Biffy Clyro es que nunca permanecen demasiado tiempo en el mismo lugar. Son capaces de construir una melodía casi delicada para romperla segundos después con una descarga de guitarras, cambiar de compás cuando el oyente cree haber encontrado el ritmo o transformar cada estribillo en una montaña rusa emocional. Ese juego permanente entre la calma y el caos es precisamente lo que los hace inconfundibles.
El trío formado por Simon Neil y Ben Johnston contó en esta ocasión con Naomi Macleod al bajo, sustituyendo temporalmente a James Johnston debido a problemas de salud. Lejos de resentirse, el grupo volvió a mostrar una solidez absoluta, ampliando su sonido con naturalidad.
El público, cada vez más entregado, terminó completamente rendido. Los aplausos crecían tema tras tema hasta desembocar en una ovación final que confirmaba la sensación compartida de haber asistido a uno de los conciertos más sólidos del día.
Mientras los técnicos preparaban el escenario, el Monte do Gozo se transformó por completo. Los desplazamientos eran ya casi imposibles y la sensación era la de un recinto que, poco a poco, dejaba de ser un espacio abierto para convertirse en un único punto de concentración.
Las luces se apagaron pocos minutos después de las once.
Un haz verde atravesó el recinto mientras seis siluetas aparecían sobre el escenario.
Linkin Park estaba de vuelta.
Las primeras notas de "Lying From You" bastaron para despejar cualquier duda sobre sus intenciones. Sin apenas transición llegó "Crawling", y el Monte do Gozo respondió como un solo cuerpo.
Sobre Emily Armstrong recaían muchas de las miradas. No era una tarea sencilla. Sustituir a Chester Bennington nunca será posible porque hay artistas cuyo lugar permanece intacto para siempre. Ella tampoco parece perseguir ese objetivo. Su apuesta consiste en recorrer un camino diferente, respetando aquellas canciones desde su propia personalidad. Su interpretación alternó momentos de enorme agresividad con otros mucho más melódicos, encajando de forma sorprendentemente natural con la presencia siempre imprescindible de Mike Shinoda. En algún momento incluso se permitió pequeños guiños de complicidad con el resto de la banda, como cuando abandonaba momentáneamente el frente del escenario para acercarse a la batería y seguir el pulso desde allí, reforzando esa sensación de grupo compacto más allá de los roles habituales.
Mientras Emily asumía progresivamente el protagonismo vocal, Mike Shinoda ejercía como auténtico director de operaciones. Saltando del teclado a la guitarra, alternando rapeos con melodías y manteniendo una comunicación constante con el público, fue quien sostuvo el hilo conductor de un repertorio que equilibró pasado y presente.
El espectáculo visual optó por la contención. Cubos suspendidos sobre el escenario servían como soporte para proyecciones, mientras un elaborado juego de luces y láseres transformaba cada bloque del concierto sin necesidad de artificios excesivos, salvo un par de explosiones de confeti.
El repertorio fue cayendo como una sucesión de himnos: "New Divide", "The Catalyst, Waiting for the End", "Two Faced", "One Step Closer", "Breaking the Habit", "What I’ve Done", "Numb", "Papercut" o "In the End". Cada una recibida como un estallido colectivo.
El único aspecto que generó debate fue el sonido. La experiencia cambió notablemente según la ubicación dentro del recinto, con diferencias claras entre las primeras filas y zonas más alejadas donde se perdía parte de la pegada.
Entre bloques, el escenario quedaba a oscuras durante unos segundos, pausas que rompían ligeramente el ritmo pero que también servían para respirar antes de la siguiente descarga emocional.
Durante años pareció imposible imaginar un futuro para Linkin Park tras la pérdida de Chester Bennington. Sin embargo, el grupo ha entendido que mirar hacia delante no significa borrar el pasado. Emily Armstrong no ocupa ese lugar porque ese espacio le pertenece para siempre a Chester. Lo que hace es abrir una nueva etapa que convive con ese legado. Y, a juzgar por la respuesta del público, el viaje continúa.
Con el escenario principal en silencio, The Bloody Beetroots prolongó la noche con una descarga electrónica antes de que Son Electro siguiera dando vida al festival hasta la madrugada.
Fue una jornada construida sobre guitarras, descubrimientos, reencuentros y emociones compartidas en un recinto que, a medida que avanzaba la noche, dejó de ser un espacio abierto para convertirse en un único punto de encuentro. Una de esas noches que no necesitan explicarse demasiado porque se entienden al recordarlas.
Os dejamos con la galería de fotos de la jornada:














