Hay festivales que se recuerdan por un cabeza de cartel, otros por una canción concreta y algunos por esa extraña sensación de haber vivido varias historias diferentes en una sola noche. La edición del Perla Mural Fest, celebrada el pasado 26 de junio en Fene, perteneció sin duda a este último grupo. Cuatro propuestas muy distintas compartieron escenario para construir un recorrido que transitó desde la contundencia del rock alternativo hasta la introspección más delicada, pasando por la psicodelia y terminando en una celebración colectiva donde el baile se convirtió en el idioma común de un público entregado desde el primer acorde.
Con el sol todavía acompañando los primeros minutos del festival, Battosai asumieron la responsabilidad de abrir la jornada. Una tarea nada sencilla, pero que solventaron con una seguridad impropia de quien tiene que romper el hielo. Desde el primer momento dejaron claro que no habían venido a dosificar fuerzas. La intensidad fue la protagonista de un concierto que encontró rápidamente la complicidad del público.
Canciones como "Idiota" y "Noria" marcaron el ritmo inicial de una actuación en la que apenas hubo respiro. La banda imprimió carácter a cada tema, alternando momentos de explosión con otros de mayor tensión, siempre manteniendo una energía constante sobre el escenario. "6 AM", "Afuera", "Bucle" y "Mentira" fueron construyendo un inicio de festival vibrante que terminó por reunir a los primeros asistentes frente al escenario y preparar el ambiente para todo lo que estaba por venir.
Si Battosai encendieron la mecha, Luis Fercán fue el encargado de bajar las revoluciones sin que la intensidad desapareciese. Cambió el volumen por la emoción y el ruido por el silencio compartido. Porque asistir a un concierto suyo sigue siendo una experiencia difícil de explicar a quien nunca lo ha vivido. Hay algo profundamente honesto en su manera de interpretar, una cercanía que convierte cada canción en una conversación entre el artista y quienes lo escuchan.
Desde los primeros acordes de "110" quedó claro que el público estaba dispuesto a acompañarlo en ese viaje íntimo. Apenas se escuchaban voces entre canción y canción, como si todo el recinto hubiese entendido que algunas historias necesitan silencio para ser contadas.
"El Palmar", "Airecillo" y "Color Miel" fueron dibujando ese paisaje emocional tan característico del cantautor gallego, donde la nostalgia convive con la esperanza y la vulnerabilidad nunca se esconde. Cada verso parecía encontrar eco entre los asistentes, muchos de ellos cantando prácticamente cada palabra.
La recta final del concierto fue un auténtico ejercicio de sensibilidad. "Frexulfe", "Cristales", "Esta vez", "Me estoy contradiciendo" y "El otro lado" terminaron por construir uno de esos conciertos donde no hacen falta grandes artificios para emocionar. Bastan una guitarra, unas canciones escritas desde la verdad y un público dispuesto a dejarse atravesar por ellas.
Cuando parecía que la noche ya había ofrecido suficiente emoción, llegó el turno de Rufus T. Firefly y, con ellos, la transformación completa del escenario. Si algo distingue a la banda de Aranjuez es su capacidad para convertir un concierto en una experiencia inmersiva donde la música y la iluminación dejan de ser elementos independientes para funcionar como una única obra.
Las primeras notas de "El coro del amanecer" comenzaron a envolver al público mientras el escenario se llenaba de contraluces, haces de luz y colores cambiantes. Los músicos permanecían muchas veces ocultos entre las sombras, convertidos casi en siluetas, permitiendo que fuera la propia atmósfera quien ocupara el protagonismo.
Lejos de buscar el virtuosismo evidente, Rufus construye sus conciertos desde las emociones. Cada crescendo, cada pausa y cada cambio de intensidad encuentran un reflejo en la iluminación, haciendo que el espectador no solo escuche las canciones, sino que también las contemple.
"Todas las cosas buenas", "Polvo de diamantes", "Reverso", "Magnolia" y "Lafayette" fueron sucediéndose como capítulos de un mismo relato, donde el rock psicodélico, el pop y las largas atmósferas instrumentales convivieron con absoluta naturalidad.
La segunda mitad del concierto elevó todavía más esa sensación de viaje sensorial. "Ceci n'est pas une pipe", "Trueno azul" y "Nebulosa Jade" desplegaron algunos de los momentos visualmente más impactantes de toda la noche, con una iluminación capaz de transformar constantemente el escenario y convertir cada canción en una fotografía distinta.
El tramo final fue recibido casi como un ritual compartido. "La plaza", "Canción de paz", "El principio de todo", "Sé dónde van los patos cuando se congela el lago" y "Río Wolf" pusieron el broche a una actuación que confirmó, una vez más, que Rufus T. Firefly ocupa un lugar único dentro del panorama nacional. No son una banda que se limite a interpretar canciones; construyen un universo en el que resulta muy fácil perderse durante hora y media.
Con el público todavía procesando todo lo vivido, Tu Otra Bonita aparecieron para cambiar por completo el estado de ánimo del festival. Era el momento de dejar atrás la introspección y entregarse a la celebración.
Su propuesta encontró rápidamente respuesta entre los asistentes, que transformaron las primeras filas en una pista de baile improvisada. La banda madrileña volvió a demostrar por qué sus conciertos funcionan tan bien en formato festival: cercanía, espontaneidad y una capacidad casi inmediata para conectar con el público.
"Alitas de mar", "Alegría de vivir", "Ganas de...", "Grita" y "Se quemó" fueron sonando entre palmas, coros y un recinto completamente entregado. Después de un cartel donde habían convivido la intensidad, la emoción y la experimentación, el cierre festivo de Tu Otra Bonita terminó de redondear una jornada que nunca dejó de cambiar de registro sin perder coherencia.
Cuando las luces del escenario se apagaron definitivamente, quedaba la sensación de haber asistido a un festival que entiende la música desde la diversidad. No hizo falta un único gran momento porque toda la noche estuvo construida a partir de pequeños instantes memorables: la descarga inicial de Battosai, el silencio respetuoso que acompañó a Luis Fercán, el hipnótico viaje audiovisual de Rufus T. Firefly o el baile colectivo con el que Tu Otra Bonita despidió la jornada.
PerlaMuralFest volvió a demostrar que un festival no se mide únicamente por el tamaño de su cartel, sino por su capacidad para emocionar. Y el 26 de junio, en Fene, consiguió precisamente eso: reunir a cientos de personas para recordar que la música en directo sigue siendo uno de los pocos lugares donde es posible pasar de la euforia al recogimiento, del asombro al baile y de la contemplación a la celebración en apenas unas horas. Una noche de esas que terminan, pero permanecen mucho tiempo resonando en la memoria.
Os dejamos con la galería de fotos del festival:
Noé Vázquez Álvarez











