Tras la primera jornada, el festival afrontó su segundo día con una climatología favorable que permitió disfrutar del recinto desde primera hora. La música comenzó a sonar a las 14:00 horas y no se detuvo hasta bien entrada la madrugada. A lo largo de casi doce horas, el ambiente fue creciendo de manera progresiva, pasando de los conciertos más íntimos de la tarde a una recta final multitudinaria que terminó convirtiendo la playa en una enorme pista de baile.
El artista granadino Alonso fue el encargado de abrir la programación sobre el escenario Galicia Calidade. Desde las primeras horas de la tarde, el proyecto personal de Alonso Díaz envolvió la Praia da Concha en una atmósfera delicada y cercana, conquistando a los asistentes que habían llegado al recinto a primera hora.
Conocido también por su trayectoria en bandas como Napoleón Solo, el músico presentó un directo íntimo y emotivo, construido como una especie de ópera pop en la que cada canción parecía formar parte de un relato mayor. Su propuesta se movió con naturalidad entre el pop alternativo, la rumba, la electrónica más sutil y las raíces flamencas, creando un repertorio lleno de matices y contrastes.
Alonso abrió así la jornada con elegancia y sensibilidad, demostrando que no hacen falta grandes dosis de volumen para captar la atención de un público festivalero. Sus canciones fueron ganando espacio poco a poco, creando el ambiente perfecto para comenzar un día que todavía tenía por delante muchas horas de música y estilos muy diferentes.
A las 15:05 horas llegó el turno de Nacho Vegas, que tomó el relevo sobre el escenario Galicia Calidade bajo un sol que todavía apretaba con fuerza. A pesar de las altas temperaturas, el artista asturiano consiguió conectar desde el inicio con un público muy receptivo, dispuesto a acompañarlo en un concierto marcado por la emoción, la intensidad y el magnetismo de una de las voces más personales de la canción de autor estatal.
La actuación sirvió también para presentar en directo *Vidas semipreciosas", su noveno álbum de estudio, aunque el repertorio fue mucho más allá de sus composiciones recientes. Vegas combinó la belleza y la inquietud de temas como “Alivio” con canciones ya imprescindibles dentro de una trayectoria construida a lo largo de varias décadas. “Fíu”, “Deslenguarte”, “Cómo hacer crac” o “La gran broma final” fueron dando forma a un concierto de letras incisivas, sensibilidad y mirada crítica, en el que cada canción encontró su lugar incluso en un entorno tan abierto y luminoso como el de un festival junto al mar.
Uno de los instantes más especiales de la tarde llegó con la aparición de Abraham Boba, líder de León Benavente. Su presencia sobre el escenario sorprendió al público y dio paso a una interpretación conjunta de “La pena o la nada”, elevando la intensidad del concierto y dejando una de las imágenes más recordadas de todo el fin de semana.
Nacho Vegas volvió a demostrar que sus canciones mantienen intacta la capacidad de emocionar y provocar reflexión. Incluso bajo el intenso sol de la tarde y en un formato tan distinto al de una sala, el asturiano consiguió crear una conexión cercana con el público y firmó uno de los momentos más emotivos de la segunda jornada.
A las 17:15 horas, Depresión Sonora tomó el relevo para ofrecer uno de los conciertos más intensos y coreados de la tarde. Marcos Crespo y su banda conectaron de inmediato con un público que respondió con entusiasmo a una propuesta post-punk marcada por la crudeza del sonido y unas letras en las que muchos asistentes parecían reconocerse.
El sol seguía siendo protagonista y provocó una curiosa imagen frente al escenario. Numerosas personas trataron de refugiarse en la pequeña franja de sombra proyectada por su estructura, concentrándose en ese reducido espacio y formando una auténtica marea humana en las primeras filas.
Con bajos profundos, ritmos electrónicos cortantes y una sonoridad áspera, Depresión Sonora construyó un directo tan físico como emocional. Las letras introspectivas de Marcos Crespo encontraron una respuesta inmediata entre los asistentes, que acompañaron muchas de las canciones con coros y participaron en los primeros pogos de la jornada.
El repertorio recorrió diferentes etapas del proyecto, desde “Éxodo 32:15-28”, “Estupefacientes”, “Mala” o “Sin volverme loco” hasta “Dónde están mis amigos”, “Generación perdida, diversión prohibida” y “Hay que abandonar este lugar”. También hubo espacio para las composiciones más recientes de "Los perros no entienden internet", como “Me va la vida en esto”, confirmando que el universo de Depresión Sonora continúa evolucionando sin alejarse de la identidad que lo ha convertido en una de las propuestas más reconocibles de su generación.
La intensidad fue aumentando en la parte final con “Hasta que llegue la muerte”, “Fumando en mi funeral”, “Ya no hay verano”, “La ley del pobre” y “Gasolina y mechero”. Las primeras filas acompañaron cada tema con una entrega total, dejando una de las estampas más representativas de la tarde entre el sol, la escasa sombra, los coros y los pogos.
A las 19:10 horas, Shame llevó el ambiente a un terreno completamente diferente. El quinteto londinense firmó una de las actuaciones más desbordantes y viscerales de toda la décima edición del Atlantic Fest, transformando la explanada de la Praia da Concha en un torbellino de guitarras, saltos y adrenalina.
Desde el arranque con “Born in Luton”, la banda liderada por Charlie Steen dejó claro que su reputación como uno de los directos más intensos del post-punk actual está más que justificada. Las canciones se sucedieron casi sin interrupciones, sostenidas por guitarras afiladas, una batería implacable y una actitud desafiante que apenas dio tregua al público.
El concierto sirvió para presentar "Cutthroat", el cuarto álbum de estudio de la banda, junto a algunos de los temas más conocidos de su repertorio. “Concrete”, “Tasteless”, “Fingers of Steel”, “Six Pack”, “Alphabet” o “One Rizla” fueron elevando poco a poco la temperatura mientras los primeros pogos comenzaban a abrirse entre el público.
Buena parte de las miradas se dirigieron hacia el pelirrojo bajista Josh Finerty, que convirtió el escenario en su particular terreno de juego. Sus carreras de un lado a otro, los saltos y las acrobacias aportaron un componente imprevisible a la actuación. En la recta final, con el bajo siempre a cuestas, se lanzó al suelo para realizar varias volteretas y llegó a hacerlo girar alrededor de su cuello con un rápido movimiento hacia atrás, arrancando aplausos y gestos de sorpresa entre los asistentes.
Mientras Finerty recorría el escenario sin parar, Charlie Steen sostuvo la tensión desde el centro, acompañado en los coros por el bajista y los dos guitarristas. El vocalista terminó la actuación sin camiseta, completamente entregado, mientras Charlie Forbes mantenía el ritmo con una contundencia constante desde la batería.
El desenlace con “One Rizla” y “Cutthroat” llevó la intensidad al límite. Los pogos, los saltos y los empujones se multiplicaron, pero todo se vivió dentro de un ambiente de complicidad. Nadie pareció salir mal parado, aunque muchos acabaron empapados en sudor. Tampoco hubo ningún choque entre generaciones: jóvenes y veteranos compartieron espacio y energía sin que la euforia derivase en conflicto.
Shame dejó uno de esos conciertos que permanecen en la memoria. Para buena parte del público más joven fue una experiencia difícil de olvidar, una descarga de energía compartida que confirmó a los británicos como uno de los grandes nombres de la jornada.
Después de la tormenta sonora de Shame, el Atlantic Fest volvió a cambiar de registro con Carlos Ares. El músico coruñés protagonizó una de las actuaciones más celebradas de la jornada y se ganó al público desde el primer momento con una propuesta personal en la que la experimentación y las raíces musicales gallegas se encontraron de forma natural.
Dos años después de actuar en uno de los escenarios secundarios del festival, Carlos Ares regresó a la Praia da Concha convertido en uno de los nombres principales del cartel. El crecimiento de su proyecto se hizo evidente tanto en la respuesta del público como en la dimensión de un espectáculo cuidado hasta el último detalle. La explanada se llenó para recibir a un artista que ha conseguido construir un lenguaje propio, reconocible y abierto a diferentes influencias.
Acompañado por Marcos Cao, Begut, Mikaela, Tony Finu, Sergio y Carlos Delgado, Ares presentó una puesta en escena de carácter casi ritual. El vestuario de los músicos dialogaba con la escenografía y con elementos tradicionales como los cencerros y las percusiones de raíz popular. Los últimos rayos de sol añadieron una luz especial a un concierto que parecía encajar de manera natural con el paisaje de la Praia da Concha.
Sobre el escenario, la banda mostró una ejecución precisa y una gran compenetración. El pop alternativo, las texturas electrónicas y los sonidos de raíz atlántica se entrelazaron sin forzar las costuras, dando forma a un repertorio contemporáneo que mira hacia adelante sin perder el vínculo con la tradición.
El concierto comenzó con “Páramo” y recorrió algunas de las canciones más representativas del músico, entre ellas “Rocíos”, “La boca del lobo”, “Autóctono”, “Un beso del sol”, “Con un solo dedo”, “Cigarra”, “Amigo”, “Materia prestada”, “Importante”, “Velocidad”, “El alivio”, “Días de perros” y “Aquí todavía”. Uno de los grandes momentos llegó con “La boca del lobo”, cuando el ya característico “lo, lo, lo, lo, lo” fue cantado al unísono por miles de personas.
La comunión fue absoluta. Las canciones se corearon de principio a fin y la arena terminó acompañando cada ritmo. Con “Peregrino”, Carlos Ares cerró una actuación que confirmó el enorme momento que atraviesa y dejó la sensación de que su proyecto todavía tiene mucho margen para seguir creciendo.
Con la noche ya instalada sobre la Praia da Concha, Los Planetas regresaron al Atlantic Fest para renovar una relación que se ha convertido casi en tradición. La banda granadina, habitual del certamen y una de las más esperadas por su público, desplegó su inconfundible mezcla de distorsión, psicodelia y "noise pop" en un concierto que se apartó de lo previsible.
En lugar de repetir el repertorio habitual de su gira de 2026, Los Planetas prepararon una selección diferente, recuperando canciones menos frecuentes en directo y algunas piezas especialmente apreciadas por sus seguidores más fieles. El concierto arrancó con “Segundo premio” y continuó con “Qué puedo hacer”, “Espíritu olímpico”, “Nunca me entero de nada” y “Corrientes circulares en el tiempo”, construyendo un recorrido lleno de contrastes.
Uno de los primeros grandes momentos llegó con “Santos que yo te pinté”, recibida con entusiasmo y coreada por buena parte del público. Poco después, la banda interpretó “Dos cruces”, popularizada por Antonio Molina, y ofreció uno de los pasajes más delicados de la noche con “Alegrías de Graná”. En este momento contaron con David Montañés al piano, aportando una dimensión más íntima a la interpretación.
La conexión volvió a hacerse evidente con “Un buen día”, uno de esos himnos que siguen uniendo a diferentes generaciones y que fue cantado de principio a fin frente al mar. El repertorio continuó con “Alegrías del incendio”, “Pesadilla en el parque de atracciones” y “La caja del diablo”, una de las recuperaciones más celebradas de la noche por los seguidores que conocen a fondo la discografía del grupo.
Tras abandonar brevemente el escenario, Los Planetas regresaron para encarar el tramo final con “Islamabad”, “Db” y “De viaje”. El pulso inconfundible de Eric Jiménez marcó el cierre de un concierto que acabó transformándose en una auténtica ceremonia colectiva. Las primeras filas, completamente entregadas, vivieron una nueva comunión musical junto al mar mientras la banda cerraba otra actuación memorable en el Atlantic Fest.
Antes de despedirse, Jota volvió a emplazar al público al próximo año. Después de tantos reencuentros en la Praia da Concha, aquel “hasta el año que viene” sonó casi como una tradición que nadie quiere romper.
A la una de la madrugada, Franz Ferdinand subió al escenario Galicia Calidade para cerrar una segunda jornada que todavía tenía fuerzas para una última gran celebración. Lejos de acusar la hora o el cansancio acumulado, los escoceses salieron con una energía contagiosa y transformaron el recinto en una inmensa pista de baile.
Desde los primeros compases de “The Dark of the Matinée”, Alex Kapranos volvió a demostrar su capacidad para conectar con una multitud. El vocalista no dejó de animar a los asistentes, saltando, bailando y recorriendo el escenario mientras jugaba con la guitarra y mantenía la atención del público en todo momento. Sus continuas referencias a sus “amigos de Galicia” y sus intentos de comunicarse en gallego fueron recibidos con entusiasmo.
Uno de los momentos más divertidos llegó cuando Kapranos pidió al público que se agachase antes de volver a desatar la música. Su “¡Abaixo todos!” fue seguido por miles de personas que obedecieron la indicación para levantarse y saltar de nuevo al ritmo de la banda. La escena resumió el espíritu de un concierto pensado para mantener el movimiento y la celebración hasta el último minuto.
La actuación combinó los grandes clásicos de Franz Ferdinand con varias canciones de "The Human Fear", su sexto álbum de estudio. “No You Girls”, “Night or Day”, “Michael”, “Bar Lonely”, “Evil Eye”, “Walk Away”, “Build It Up”, “40’” y “Do You Want To” se sucedieron dentro de un directo compacto y perfectamente ensamblado, en el que cada músico parecía saber exactamente cuándo empujar la energía un poco más.
Los acordes de “Take Me Out” provocaron una nueva explosión de entusiasmo en la Praia da Concha. El recinto se convirtió en un mar de saltos, bailes y voces cantando uno de los grandes himnos del rock de las últimas décadas. “Darts of Pleasure”, “Love Illumination”, “Hooked” y “Outsiders” mantuvieron la fiesta en lo más alto antes del tramo final.
Tras un breve descanso, la banda regresó para interpretar “Audacious", “Ulysses” y “This Fire”. La última canción puso el punto definitivo a una actuación que demostró que, después de más de dos décadas sobre los escenarios, Franz Ferdinand sigue conservando la energía, la pegada y esa facilidad para convertir cada concierto en una celebración difícil de olvidar.
El paso de los escoceses por Vilagarcía cerró una segunda jornada llena de contrastes. Desde la sensibilidad con la que Alonso abrió la programación hasta la explosión final de Franz Ferdinand, el Atlantic Fest construyó un recorrido musical en el que convivieron propuestas muy distintas sin perder la identidad que caracteriza al festival.
La intensidad de Depresión Sonora, el descontrol de Shame, la conexión especial de Carlos Ares con el público gallego y el reencuentro con Los Planetas fueron algunos de los grandes capítulos de un sábado que terminó convertido en una fiesta multitudinaria junto al mar. Una jornada larga, diversa y cargada de momentos para recordar que confirmó, en el décimo aniversario del Atlantic Fest, la buena salud de una cita que continúa creciendo sin dejar atrás la esencia que la ha hecho reconocible.
Os dejamos con la galería de fotos de la jornada: