Desde mucho antes del comienzo del espectáculo, el ambiente ya reflejaba que no se trataba de un concierto cualquiera. Entre el público convivían quienes crecieron escuchando sus primeros éxitos en los años sesenta y setenta con jóvenes que descubrían por primera vez en directo a una de las voces más reconocibles de la historia de la música. Familias completas, parejas y grupos de amigos compartían la expectación por ver a un artista que, después de más de seis décadas de carrera, continúa recorriendo los escenarios con la misma pasión que lo convirtió en una estrella internacional.
Cuando Tom Jones apareció sobre el escenario, la ovación fue inmediata. Sin artificios ni grandes elementos escénicos, bastaron su presencia y una impecable banda para captar toda la atención del público. Con la serenidad que aporta una trayectoria excepcional y la seguridad de quien domina el escenario desde hace décadas, el artista inició un viaje musical que alternó la reflexión, la nostalgia y la celebración.
El concierto arrancó con "
I'm Growing Old", un tema que adquirió un significado especial al abrir la velada. Lejos de esconder el paso del tiempo, Jones lo abrazó con naturalidad, convirtiendo la edad en parte del relato del espectáculo. Durante la noche, el propio cantante hizo varias bromas sobre sus 86 años, confesando entre risas que nunca habría imaginado seguir actuando a esa edad. Lejos de sonar a despedida, sus palabras transmitían gratitud por poder seguir haciendo lo que más le apasiona y compartiéndolo con un público que continúa respondiendo con el mismo cariño de siempre.
La emoción continuó con "Tower of Song" y "Not Dark Yet", dos composiciones cargadas de profundidad que permitieron apreciar una de las grandes virtudes de Tom Jones: su capacidad para interpretar cada canción desde la experiencia. Su voz, inevitablemente más grave que en sus primeras décadas de carrera, ha ganado una expresividad que convierte cada verso en un ejercicio de honestidad. Más que buscar la perfección técnica, el cantante consigue emocionar desde la autenticidad.
Poco a poco, el ambiente fue cambiando hasta desembocar en los primeros grandes momentos de euforia colectiva. Bastaron los primeros acordes de "It's Not Unusual" para que el público respondiera con entusiasmo. Uno de los mayores himnos de su carrera volvió a demostrar que conserva intacta su capacidad para poner en pie a varias generaciones al mismo tiempo.
La sucesión de clásicos continuó con "What's New Pussycat?", recibida entre sonrisas y aplausos, antes de que llegara uno de los instantes más esperados de la noche: "Sexbomb". El recinto se transformó en una gran pista de baile improvisada donde era imposible permanecer inmóvil. A pesar del paso de los años, Jones sigue interpretando este éxito con una naturalidad y un sentido del humor que conectan inmediatamente con el público.
La energía se mantuvo con "You Can Leave Your Hat On", otro de los temas imprescindibles de su repertorio, mientras el cantante alternaba canciones con pequeñas conversaciones y comentarios dirigidos a los asistentes. Esa cercanía fue una constante durante toda la actuación y contribuyó a crear una atmósfera sorprendentemente íntima pese al tamaño del recinto.
Uno de los aspectos más interesantes del concierto fue el equilibrio entre los grandes éxitos y un repertorio menos evidente para el gran público. Canciones como "Pop Star", "One More Cup of Coffee (Valley Below)", versión del clásico de Bob Dylan, o "Across the Borderline" mostraron a un artista que nunca ha dejado de explorar nuevos caminos musicales y que continúa disfrutando interpretando canciones alejadas del pop más comercial con el que alcanzó la fama.
Especialmente emotiva resultó "I Won't Crumble with You If You Fall", dedicada a la memoria de su esposa Melinda, fallecida en 2016. Fue uno de esos momentos en los que el silencio del público decía más que cualquier aplauso. La interpretación, cargada de emoción contenida, recordó que el paso del tiempo también deja cicatrices y que la música puede convertirse en la mejor forma de compartirlas.
El concierto continuó con "Talking Reality Television Blues" y "This Is the Sea", manteniendo ese equilibrio entre la intensidad emocional y la fuerza interpretativa que caracterizó toda la velada. Cada canción encontraba su propio espacio dentro de un repertorio cuidadosamente construido, en el que no había sensación de rutina pese a tratarse de un artista que lleva miles de conciertos a sus espaldas.
Si hubo un momento especialmente esperado por el público, ese fue la llegada de "Delilah". Desde los primeros compases, miles de voces acompañaron al cantante en uno de los mayores himnos de su carrera. El ambiente se volvió completamente festivo y el público convirtió el recinto en un enorme coro que acompañó cada estrofa de una canción que, décadas después de su publicación, sigue siendo uno de los símbolos indiscutibles de Tom Jones.
Tras ese punto álgido llegaron "Lazarus Man", "If I Only Knew" y una poderosa interpretación de Kiss, demostrando la versatilidad de un artista capaz de moverse con absoluta naturalidad entre el soul, el rock, el pop, el blues y el góspel sin perder nunca su identidad.
La recta final del concierto dejó algunos de los momentos más emotivos de la noche. "Green, Green Grass of Home" despertó la nostalgia entre muchos asistentes, mientras que "One Hell of a Life" sirvió casi como una declaración autobiográfica. Después de una carrera extraordinaria, el título parecía resumir perfectamente la trayectoria de un músico que ha sabido reinventarse sin perder nunca su esencia.
El cierre llegó con "Strange Things Happening Every Day" y una vibrante versión de Johnny B. Goode, que puso el broche definitivo a una actuación llena de energía y dejó al público despidiendo al artista con una prolongada ovación.
Más allá de los éxitos, el concierto de Tom Jones en A Coruña fue una reivindicación del valor de la experiencia. En una época marcada por la inmediatez, el cantante ofreció una actuación basada en la interpretación, la comunicación con el público y el respeto absoluto por las canciones. No necesitó grandes efectos visuales ni una producción desmesurada para emocionar; bastó una voz inconfundible, una banda impecable y una presencia escénica construida durante más de sesenta años de carrera.
La noche también dejó una imagen difícil de olvidar: personas de edades muy distintas compartiendo canciones que forman parte de la historia de la música popular. Padres e hijos, abuelos y nietos, aficionados de toda la vida y jóvenes curiosos cantaron juntos un repertorio que ha conseguido sobrevivir al paso de las décadas. Esa fue, probablemente, la mayor victoria de Tom Jones en A Coruña.
Porque si algo demostró este concierto es que el tiempo puede cambiar una voz, añadir arrugas o transformar la manera de interpretar una canción, pero jamás puede borrar el talento. Tom Jones no solo ofreció un recital de grandes éxitos; regaló una lección de elegancia, autenticidad y amor por la música. Y, sobre todo, recordó a todos los presentes que las canciones, cuando son verdaderamente grandes, no tienen edad.
Carla Gil